Aletheia, vol. 12, nº 24, e120, junio - noviembre 2022. ISSN 1853-3701
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Maestría en Historia y Memoria

Dosier: "Malvinas, 40 años después:
reflexiones y desafíos en clave de memoria y soberanía"

2022: ¿Hacia los 40 años de la guerra del Atlántico Sur?

Rosana Guber

Instituto de Desarrollo Económico y Social - CONICET, Argentina
Cita recomendada: Guber, R. (2022). 2022: ¿Hacia los 40 años de la guerra del Atlántico Sur?. Aletheia, 12(24), e120. https://doi.org/10.24215/18533701e120

Resumen: Este artículo se pregunta qué se conmemorará realmente en el 40° aniversario de la guerra de Malvinas (1982-2022), contrastando las modalidades de recordación pública que tendrán lugar en 2022 y las lecturas que ha aportado la academia sobre lo sucedido en aquel entonces. La reflexión elabora comparativamente estos significados y describe qué hemos hecho los investigadores argentinos en ciencias sociales con el conflicto armado anglo-argentino por las Malvinas e Islas del Atlántico Sur, examina los fundamentos que subyacen a esos significados y sostiene la tesis de que los académicos universitarios hemos ignorado el carácter bélico de la iniciativa de la tercera junta de la última dictadura militar, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983). Así, este artículo muestra que los protagonistas directos de la guerra y sus analistas postulan sentidos alternativos que se reelaboran como una paradoja de difícil comprensión: una causa popular originada en una cuestión de soberanía territorial pendiente fue acometida, con éxito y respaldo popular, por una ya antipopular y sangrienta dictadura militar.

Palabras clave: Guerra de Malvinas, Academia argentina, Conmemoración.

Towards the 40th anniversary of the South Atlantic war?

Abstract: This article asks what will really be commemorated on the 40th anniversary of the Malvinas/Falklands War (1982-2022), by contrasting the variegated ways of public remembrance that will take place throughout 2022 and the readings that scholars have contributed about what happened at that time. This reflection elaborates comparatively on these meanings and describes what we Argentine researchers in the Social Sciences have done with the Anglo-Argentine armed conflict over the Malvinas and Islands of the South Atlantic. It also examines the foundations that underlie such meanings and supports the thesis that scholars and intellectuals have ignored the war like character of the initiative of the third junta of the last military dictatorship, the self-called National Reorganization Process (1976-1983).Thus, this article shows that the direct protagonists of the war and their analysts postulate alternative senses that are reworked as a paradox still difficult to handle: a popular cause originated in a question of pending territorial sovereignty was undertaken, with due success and popular support, by an already antipopular and bloody military dictatorship.

Keywords: Malvinas/Falklands War, Argentine scholars, Commemorations.

El 10 de diciembre de 2021 tuve la oportunidad de participar en el panel de cierre de un encuentro virtual y presencial a la vez, sobre Malvinas.1 El panel se llamaba “La cuestión Malvinas, hacia los 40 años de la guerra del Atlántico Sur”. Mi intervención partía de tomar el título del panel como si fuera una hipótesis que, por lo tanto, podía confirmarse o rectificarse. Los allí presentes sabíamos que el evento de diciembre de 2021 estaba marcado por la llegada inminente del aniversario número 40, casi medio siglo, de los hechos de 1982. Las bases de las reflexiones que aquí presento fueron pensadas entonces, y se postulaban a futuro como hipótesis a probar; el 2022 todavía no había llegado. Probablemente el lector experimente un desfasaje temporal mientras lee esta elaboración sobre un futuro que ya le resultará pasado. Sin embargo, me atrevo a sostener el tiempo verbal original y, sobre todo, su primera pregunta: ¿cuán cierto es que en 2022 los argentinos nos encontraremos recordando los 40 años de la guerra? A continuación, muestro por qué me permito dudarlo y por qué pienso que este particular aniversario puede no referirse estrictamente al conflicto anglo-argentino por las Malvinas e Islas del Atlántico Sur que tuvo lugar en 1982, entre la segunda quincena del mes de marzo desde las Islas Georgias del Sur, y el 14 de julio, cuando Gran Bretaña envió el último contingente de prisioneros argentinos desde Port Stanley a nuestros puertos continentales.

I. Por la confirmación

Siempre en términos hipotéticos, esperamos que a lo largo del año 2022 seamos testigos de eventos que parecerán confirmar que, efectivamente, la conmemoración estará dedicada a la guerra. Esas recordaciones adoptarán distintas expresiones.

Ya desde enero veremos emerger el tema en publicaciones de medios gráficos y en programas de radio y televisión, evocando hechos bélicos, y presentando reencuentros entre soldados y entre combatientes argentinos y británicos. Algunos programas y artículos ilustrarán sobre historias de superación durante la posguerra, entrevistarán a los deudos, a los hijos y a los nietos de los veteranos de guerra. Indudablemente asistiremos a una enormidad de podcasts y publicaciones personales, reflexivas, críticas y complacientes, fotos de entonces y discusiones de distinto voltaje en las “redes sociales” electrónicas. Todo ese material estará complementado con unos cuantos libros de divulgación periodística, memorias de veteranos de guerra, alguna compilación de documentos por entonces secretos y varias traducciones del inglés al castellano (no así del castellano al inglés). Quizás aparezcan novelas, documentales, películas e, incluso, alguna serie.

En el mundo académico se dedicarán dossiers y números enteros de revistas en ciencias sociales y humanidades. A ello hay que sumar las publicaciones periódicas de divulgación y las especializadas que editan las Fuerzas Armadas y de Seguridad, así como las revistas de estudios internacionales, geopolítica y estrategia. Probablemente, algunas revistas británicas, israelíes, estadounidenses, francesas, rusas y latinoamericanas dediquen siquiera un artículo para recordar los hechos de 1982, la posición de estos países durante el conflicto y la excelencia de armamento vendido a las partes beligerantes por algunos de ellos.

A esta masa de materiales analíticos y culturales, realistas y de ficción, se sumarán recordatorios y elaboraciones sobre las operaciones británicas y argentinas mediante relatos autobiográficos, fotografías y objetos tales como vestimenta, accesorios, armamento, enseres, equipamiento general, envases y restos de implementos utilizados en la guerra. No sería de extrañar que se intente reflotar o componer embarcaciones hundidas o averiadas en alta mar y en las costas.2 Para completar el cuadro, habrá exposiciones y presentaciones netamente interpretativas con piezas artísticas y performances públicas.

Habrá en 2022 numerosas actividades con particular concentración entre marzo y junio. Las vigilias o guardias activas se reunirán durante las noches previas a ciertas fechas alusivas a la presencia militar y al desarrollo bélico, especialmente de algunos combates. La que probablemente inaugure la serie será el 2 de abril, “día de la recuperación”. Le seguirán el 1° de mayo, comienzo de las hostilidades y fecha establecida por la Fuerza Aérea Argentina como su Bautismo de Fuego; el 2 de mayo, día del ataque y hundimiento del Crucero ARA General Belgrano, con la mitad de los muertos argentinos de toda la contienda. El período se cerrará el 14 de junio, fecha de la capitulación ante Gran Bretaña y el comienzo del regreso de las tropas argentinas. Las jornadas intermedias estarán referidas a los “bautismos de fuego” (estreno en combate) de unidades y subunidades, como el 27 de abril para el Grupo 3 de Artillería, y el 4 de mayo para la Aviación Naval Argentina. Habrá aniversarios de combates y operaciones específicas, como el 28 de mayo por el enfrentamiento en Goose Green, el 30 por el ataque argentino al portaaviones HMS Invincible, el 8 de junio por el ataque argentino al desembarco británico en Bahía Agradable, el 11 por el combate de Monte Longdon, y el 13 por Tumbledown. Los protagonistas que hayan sobrevivido a la guerra y a estos 40 años se reunirán en las acostumbradas cenas anuales, que este año quizás se amplíen con fogones y asados, y ciertamente con oficios religiosos. Algunas conmemoraciones tendrán lugar en las unidades, aunque muchas de ellas ya no se encuentren en sus ubicaciones originales. Otras se harán en el río y en el mar, dejando una ofrenda floral para los marinos y pilotos caídos.

Actividad típicamente militar, rebosarán los desfiles de hombres y algunas mujeres, que transitarán por los pueblos y las ciudades de toda la Argentina, levantando su veteranía de guerra. Quizás alguno de estos desfiles cuente con la presencia oficial nacional. Los que desfilen llevarán alguna prenda, accesorio o distintivo que hayan usado hace cuarenta años o que sea similar o alusivo a los que empleaban en aquel entonces, como boinas, chaquetas y pantalones. Agregarán camisetas con inscripciones y dibujos con las islas, alguna consigna, el nombre Malvinas y una foto o escena bélica, y probablemente algún accesorio que los identifique a todos como veteranos de esa guerra.

Según su grado de formalización estatal-militar, varios de estos actos contarán con discursos en los cuales se afirmarán los derechos argentinos, se destacará lo hecho, se deplorará lo no hecho o mal hecho, y se condenará lo condenable y también lo no condenable, según el pensamiento de cada quién y la audiencia de cada cual. Quizás se aluda a la situación internacional, a la rampante presencia británica en el Atlántico Sur, a la dictadura militar, a la política exterior de entonces y a la actual, a la política interior de entonces y a la actual. Escucharemos tonos conciliadores, condenatorios, solemnes, denunciantes, grandilocuentes, leídos con dificultad y con fluidez, con acentos de distintas procedencias y con aires de distintas prosas. También poemas. Los actos oficiales incluirán la entrega de nuevos diplomas, nuevas condecoraciones y nuevas menciones especiales a los veteranos de guerra, quienes seguramente recibirán nuevos beneficios de parte de los niveles de gobierno nacional, provincial y municipal que los homenajearán, eximirán, retribuirán y reconocerán por haber estado ahí. Se entonarán una y otra vez, y varias veces en el mismo día, el Himno Nacional Argentino y la Marcha de las Malvinas, una obra que no data de 1982, sino de un concurso público de 1941 (Da Fonseca Figueira, 1978; Guber, 2001).

Ante esta masa de actos, procedimientos, objetos, acciones y palabras parece obvio que nuestra hipótesis se verá confirmada. Todas estas manifestaciones van a estar aludiendo a la guerra, y sólo indirectamente a la cuestión diplomática, a la cuestión pendiente de soberanía, a la ocupación británica de 1833, a la colonización de Vernet, a los recursos que otros países sustraen diariamente del Mar Argentino, y a la nueva Base Naval Militar de Mare Harbour.

Y como en toda conmemoración, habrá también excluidos. La gente del Servicio Exterior, por ejemplo, no es muy proclive a estos festejos, aunque hayan sido piezas clave en aquellos días. Por su parte, el personal de cuadros y conscriptos que “no cruzó el charco” a las islas, tendrá algunas limitaciones para que los que sí cruzaron les reconozcan el derecho a conmemorar pública y genuinamente las noches a cielo abierto en uno de los peores inviernos sudatlánticos, haciendo guardia en Río Grande, remendando aviones en Río Gallegos, alijando al Crucero General Belgrano en su última partida desde Ushuaia, o haciendo guardia en Comodoro Rivadavia.

Dicho todo esto, es evidente que en 2022 los argentinos conmemoraremos la guerra. ¿Acaso una fecha “redonda” (múltiplo de 10) permitirá el olvido? Sin embargo, convendría hacerse algunas preguntas y mirar al tiempo más de cerca, y desde distintos puntos de vista.

II. Ajustando los instrumentos

¿Qué son 40 años? En primer lugar y en nuestra sociedad 40 años equivalen a alrededor de la mitad de la vida. Dado que quienes participaron directamente de la guerra en el nivel táctico (primera línea de combate) tenían entre 19 y 30 años, con una muy pequeña porción que alcanzaba los 45, podríamos afirmar que los combatientes eran, en su mayoría, adultos jóvenes que estaban iniciando sus propias unidades familiares y que pasaron la mayor parte de sus vidas en la posguerra. De manera que, en segundo lugar, 40 años son lo que en nuestra sociedad consideramos dos generaciones completas que, en este caso, transcurrieron después de la guerra. Por eso, 40 años después, quienes estuvieron en los campos de batalla aéreos, terrestres y navales ya tienen nietos, algunos de ellos adultos. Precisamente, el paso del tiempo se expresa y se mide en la descendencia, un tejido de generaciones entrelazadas que se transmiten legados y mandatos, incluso con el silencio. Pero en un año tan estruendosamente malvinero como será 2022, los medios de comunicación mostrarán a quienes volvieron; los que volvieron recordarán a los que no volvieron; los que no volvieron van a estar en la memoria, los altares, los rezos y las ofrendas florales de sus familiares, amigos, maestros, empleadores, compañeros de trabajo, amigos de la infancia, del barrio y de la escuela, sus compadres, sus amores, sus camaradas y sus instructores. La memoria de 1982 se presentará entonces no sólo como la imagen en una pantalla o un letrero, sino como la evocación y reafirmación de las relaciones sociales significativas que son las que nos permiten y nos empujan a recordar.

El pasado parece revivir y cobrar absoluta vigencia 40 años más tarde, porque circula y se teje sobre la urdimbre3 de la consanguinidad, lo que llamamos lazos de sangre, como la filiación y la hermandad. La guerra duplica estos vínculos como atribuidos o ficticios (el compadrazgo y el padrinazgo son los más habituales en Iberoamérica y el Mediterráneo). Los combatientes los perciben tan auténticos y reales como la vida y la muerte. Desde Malvinas, al camarada y al jefe se sumaron otras figuras como el padre, el hermano de armas, el hermano de turba y el de pozo de zorro, entre otros. Junto a las más específicamente castrenses que dan nombre a cada relación (superior/subalterno, soldado antiguo y moderno, relación entre jefes de secciones, entre jefes de escuadrones, camaradas de promoción y de clase, entre cadete e instructor, albaceas, etc.), estas tramas nos envuelven y sostienen, nos comprometen y obligan a lo largo del tiempo y a lo ancho de la Patria. Será desde aquí que, en 2022, TODOS vamos a mirarnos en 1982. Algunos con exaltación, otros con indignación, otros con curiosidad analítica y otros con simulada indiferencia. Pero todos, de una manera o de otra, “vamos a estar allí”.

Ahora bien. Si 40 años es un tiempo suficiente para enhebrar a las personas, también lo es para afirmar modelos de interpretación acerca de lo que ocurrió entonces. Esos modelos no se labran en el vacío, sino desde las vidas y las relaciones sociales, las que por supuesto incluyen a los investigadores.

III. Por la rectificación

Aquel 2 de abril, yo tenía 24 años y en diciembre de 1981 me había graduado de antropóloga en la Universidad de Buenos Aires. Tenía dos años menos que los soldados viejos de La Plata y Buenos Aires, los que habían pedido prórroga para hacer la conscripción después de recibirse en la Facultad, y cinco o seis años más que los soldados clase ‘62 y ‘63. En 1982 yo debía cumplir los 25, igual que un oficial joven como el Alférez Guillermo Dellepiane y el teniente Mario Roca, del Grupo 5 de Caza de la Fuerza Aérea. Mientras ellos volaban A-4Bs en Villa Reynolds, yo empezaba mi investigación en Villa Tranquila, una antigua villa miseria de Avellaneda, vecina de la más renombrada Isla Maciel. Ellos y yo escuchamos la noticia de la recuperación aquel viernes por la mañana. Yo estaba en la casa de Doña Silveria, y ellos en la V Brigada Aérea. Como Dellepiane había estado de guardia, probablemente fue el primero de los tres en enterarse.

Me acuerdo que esa mañana me costó entender. Era difícil ensamblar la dureza del régimen y la reciente represión a la marcha popular del 30 de marzo, con la celebración, igualmente popular, de la recuperación de las islas en las plazas céntricas de cada pueblo y ciudad. La perplejidad de la mayoría de los argentinos no provenía de ignorar qué eran las Malvinas y de quién debíamos recuperarlas, sino de “por qué justo ahora”, por qué la larga vida del reclamo que los argentinos consideramos justo y legítimo venía a resolverse de la mano de un régimen sumamente cuestionado por su política humanitaria y económica, absolutamente contrario a la movilización de masas y tan cercano al bloque occidental y a la OTAN a la cual ahora se enfrentaba. Aunque la recuperación del 2 de abril fue el desenlace del agravamiento de la crisis diplomática con Gran Bretaña en las Georgias del Sur y a pesar de que la medida venía siendo estudiada desde 1981, el secreto dominó la decisión inicial de la operación y se nos impuso en los hechos y la población celebró la iniciativa. La incomprensión civil y su disconformidad con el régimen y con el gobierno fueron dejadas de lado para dar la bienvenida a las islas. Las cuentas quedarían pendientes hasta finalizar la campaña.

La inmediatez de la reacción popular insertaba “la recuperación” en una profecía autocumplida (Navaro Yasin, 2002). En 1910, Paul Groussac, el insigne director de la Biblioteca Nacional por casi 30 años, redactaba las bases de los derechos argentinos en las islas, y la justificación del necesario regreso de la República Argentina a su territorio insular. “Volver”, “Volveremos”, “Recuperar la patria”, “Recuperar la soberanía”, son expresiones recurrentes en el siglo XX argentino, pronunciadas por distintos actores con distintos propósitos. Las Malvinas fueron uno de ellos (Guber, 2000).Y aunque aquella mañana del 2, el locutor oficial comunicaba la gran noticia con sobriedad profesional, ratificaba la preexistencia del reclamo en la realización de “un anhelo largamente esperado por todos los argentinos”. La sensación acuñada históricamente de que “nuestro destino se había cumplido” aquel viernes nos envolvió en la algarabía celebratoria por la “recuperación” de las Islas Malvinas y, también, por la recuperación de nosotros mismos.4

Personalmente sentí cierta molestia, porque la noticia me robaba la atención de mis interlocutores de Villa Tranquila en el tratamiento de los que yo consideraba que eran “sus verdaderos problemas”, el tema de mi investigación. “La recuperación”, que se fue convirtiendo en guerra, mantuvo a los vecinos durante dos meses y medio adheridos a sus televisores, como ocurrió en toda la Argentina.

La sensación de mi propio desfasaje permaneció en mí después de la guerra como una espina en el dedo índice de la mano derecha, el encargado de indicar, señalizar, direccionar. A mi incomprensión por la decisión intempestiva de la Junta y que yo, como mucho, atribuía a las intenciones espurias del régimen, se sumaba mi incomprensión del comportamiento de aquellos con los cuales conviví casi durante un año en una de las villas más antiguas de Buenos Aires, habitada por empleadas domésticas, trabajadores del puerto, de la industria frigorífica, y de las barracas y curtiembres. Con ellos escuché la primera noticia y atravesé la evolución del conflicto, su in crescendo, la colecta televisiva de “24 Horas” para el Fondo Patriótico. Desde la casa de Silveira, de Aika y Fernando Baiud y de Hilario y Rosa Alvarenga, vi innumerables noticieros y me pasé los 74 días de la guerra constatando cómo “mi red de datos” permanecía vacía, mientras que los peces gordos saltoneaban alrededor de mi empecinada negación.

Villa Tranquila me dio, entonces, la primera lección profesional y académica, y me advirtió de la necedad intelectual que distingue, unilateralmente, lo importante de lo secundario.

Mi incomprensión de los hechos desde el 2 de abril partía de la idea de que el periodismo, encantado por el canto de sirenas de la guerra, contribuía al engaño mediático y al más puro voyeurismo. En esta lógica yo no podía advertir las relaciones sociales que se activaron casi inmediatamente cuando las familias empezaron a temer por el reclutamiento de sus hijos varones. Mientras veíamos el regreso de los náufragos del Belgrano recuperados de sus balsas tras dos días a merced de la intemperie oceánica, los vecinos de Tranquila podían imaginar, con bastante realismo, que muchos de los sobrevivientes y de los muertos eran tan correntinos y chaqueños como Silveria, los Baiud y los Alvarenga, habían nacido en sus mismos pueblos para luego emigrar a Avellaneda u otros puntos del Gran Buenos Aires, y enrolarse en la Armada.

Por eso, la apelación nacional tenía una importancia que no sólo establecían sus manipuladores. Malvinas era una causa popular demasiado a mano para un régimen impopular, y no necesitaba de la democracia, ni de la libertad para ser activada. Sin embargo, la recuperación y los hechos posteriores, que incluían el combate y la muerte de connacionales, se desplegaban en todos los sentidos y en todas las direcciones. La recuperación y la guerra involucraron a argentinos de todos los pasados, ideales, extracciones y procedencias, por el solo hecho de pertenecer a la trama social argentina.

Una vez terminado el conflicto, las reflexiones orales y escritas sobre lo sucedido abandonaron las urgencias de la escena bélica y volvieron a la perplejidad. Ahora sí se puso de manifiesto el núcleo de la paradoja por la cual una causa popular y nacional podía ser resuelta y conducida por un régimen dictatorial. El punto se convirtió en el motor de numerosas elaboraciones, incluyendo las de los intelectuales que le dedicaron a Malvinas al menos un escrito. Cabe aclarar que las paradojas no son contradicciones naturales, sino activas construcciones sociales de sentido. Articulan dos afirmaciones que parecen contradictorias y, sin embargo, se pronuncian juntas. Por eso, despiertan gran interés y nos invitan a pensar.

Moralmente hablando, cualquier gobierno y cualquier régimen podía haberlas recuperado y, quizás, haberlas retenido. La historia mundial abunda en ejemplos. En nuestro caso, fue la reacción popular desde la noticia de la rendición la que reunió la recuperación territorial y el signo autoritario y las dispuso juntas pero como opuestas. Esto contrastaba con el período bélico durante el cual los argentinos en el país y en el exterior relegaron sus dudas acerca de la dictadura y de su decisión de cumplimentar una causa popular, de resolver una cuestión de soberanía pendiente, y de ser capaz de movilizar detrás suyo a masas tan obedientes como para ir a la plaza y a la guerra por ellas.

Ahora bien. La mayoría de las elaboraciones intelectuales desde entonces prefirió abandonar la paradoja con cierta rapidez y eliminar a uno de sus elementos antagónicos. Así, la mayoría de nuestras intervenciones suprimió uno de los términos de la oposición, generalmente el que no le convenía a su argumento, y sólo se centró en el otro. Veamos cómo.

Algunas reflexiones se desentienden del reclamo argentino, dándolo por incierto, perdido, descalificándolo de nacionalista ultramontano, causa perimida o un tic nervioso de la paranoia militar. Con esta lógica, ya no sería necesario sostener a Malvinas ni como cuestión de política exterior, ni como una causa justa. Los intelectuales debieran servir para desactivar la reivindicación que pertenece, ostensiblemente, a la derecha. Otras posturas, contrarias a la anterior, entienden que todo se justifica si se recuperan las tierras irredentas. La causa justa vale más allá de la capacidad y la legitimidad de la administración que pretendió llevarla a cabo. Finalmente, otras elaboraciones leyeron a 1982 como una nueva victimización de los civiles (conscriptos) por parte de los suboficiales y los oficiales. Sostenían así la causa de soberanía como justa, pero denigraban, por sanguinaria, a la “dictadura genocida” que la había conducido.

Estos planteos coexisten hoy, pero corresponden a distintas coyunturas. La primera es la más reciente. La segunda es propia del tiempo bélico y renació con el Operativo Dignidad de 1987 (el alzamiento o sublevación de los oficiales medios y subalternos del Ejército contra su Estado Mayor y contra el Poder Ejecutivo Nacional), y la tercera nació después del 14 de junio, se afianzó en la transición democrática, y renació desde 2007 con la reanudación en 2004 de los juicios por crímenes de lesa humanidad durante el primer lustro del PRN.

Sólo el primer planteo desconoce la causa popular y la cuestión diplomática, se ubica por fuera de la trama de la guerra, y se desentiende de la obligación intergeneracional de recuperar las islas y de reconocer, genuinamente, a sus veteranos vivos y muertos. No le importan ni una ni los otros y por eso es percibida como arrogante y como “anti-argentina”. La segunda y la tercera posturas cambian el signo para referirse al sector militar de la ecuación; la segunda ignora el factor político del régimen que las recuperó (pues todo vale para la recuperación), y la tercera lo negativiza por tratarse de una dictadura. La pérdida de Malvinas es, para esta perspectiva, la demostración más evidente de la incapacidad castrense y esto debido a su empeño en victimizar a los soldados, tal como lo venía haciendo en el continente con “el pueblo argentino”.

Mientras estas posturas se iban presentando y consolidando, Silveria estaba feliz porque, Dios mediante, Roberto, su cuarto hijo, no había sido convocado.

Cuando en 1986 decidí cursar un doctorado en antropología en EE.UU., me propuse entender algo de todo esto. En 1989 regresé para hacer un trabajo de campo exploratorio. Por primera vez les vi las caras y escuché las palabras de aquellos hombres que habían estado en la guerra como soldados, oficiales y suboficiales de las tres Fuerzas, sólo siete años antes. Llegaba a ellos por conocidos y conocidos de conocidos, en respuesta a mi ambigua presentación “Quiero trabajar sobre Malvinas”. En esa época, todavía no había ninguna duda de que Malvinas significaba la guerra. Y la guerra tenía rostros, cuerpos, uniformes y emociones, como cuando aquellos muchachos vestidos de verde subían al transporte público vendiendo calcomanías alusivas al conflicto, casi siempre con la imagen cartográfica de las islas.

Por su cercanía, su accesibilidad y su simpatía social, los ex soldados fueron por mucho tiempo los únicos interlocutores de los científicos sociales y de una gran porción de psicólogos y psiquiatras. Ya dados de baja, no sólo carecían de una cobertura social adecuada (por entonces compartida con los servicios de salud de las FFAA completamente saturados); eran los únicos que no podían ser responsabilizados por la derrota. Representaban al “pueblo en armas”, eran los civiles conscriptos, los hijos de los trabajadores, como decía el entonces secretario general de la Confederación General del Trabajo. Además, los ex soldados habían regresado a sus redes familiares y vecinales, a lo que las ciencias sociales llaman, con doble pertinencia en este caso, “sociedad civil”. Los universitarios tenían cierto interés en escuchar las experiencias únicas de estos jóvenes que habían luchado y sufrido al lado de esos militares profesionales. Estos militares que se asimilaban más a un monstruo que a un combatiente, compartían el interés por Malvinas con el ingreso de la investigación social en el escabroso campo de los interrogatorios de los años previos. Sin embargo, el destino de ambas inquietudes fue desigual: “derechos humanos” llenó estantes de bibliotecas, publicaciones, diskettes y terabytes. Salvo excepciones, claro, Malvinas sólo ocupaba a los investigadores durante un par de años, rindiendo textos de mediana novedad.

Había varias razones para este interés tan transitorio. La primera es que, aparentemente, de Malvinas sabía todo el mundo. Los argentinos nos fuimos convenciendo de que estaba todo dicho: que la causa nacional era inapelable o que la derrota se debió a que lo único que sabían hacer los militares argentinos era torturar civiles. Conforme pasaron los años, experimenté que en la Argentina cualquiera podía dar clase sobre “la dictadura”, “el genocidio” y, como si fuera la misma cosa, sobre “el manotazo de ahogado” y “el general borracho”. Pasaba el tiempo y los nuevos investigadores se unían al sentido común general. ¿Para qué investigar Malvinas, si todas las preguntas estaban planteadas y, sobre todo, respondidas?

Aunque este mecanismo por el cual la gente se siente con derecho a opinar airadamente sobre el tema ratifica que lo vivido con Malvinas era y es sentido como propio, nacional y popular, no es menos cierto que la capacidad de plantear preguntas y reconocer contradicciones, dilemas o paradojas ha sido más limitada. El camino de la pregunta y la respuesta se fue trazando en la instauración de una débil democracia y el dominio de un sentimiento antidictatorial, sinónimo de antimilitar. Quedaba poco margen para nuevas investigaciones y para la reflexión autónoma y creativa de los jóvenes investigadores. La doxa fue aplastante en la Argentina de posguerra y postdictadura, especialmente en cuanto a la materia militar. Por eso, nuestros académicos resolvieron la paradoja de Malvinas apoyándose en sentencias bastante simples, como que las causas territoriales son de la derecha (= FFAA) y los soldados fueron las víctimas de la guerra (y de las FFAA argentinas).

Afirmar que casi todo lo que incumbe a la profesión y a la actividad militar (de aquella época y de ésta) queda fuera de nuestras agendas de investigación, no significa que las ciencias sociales se hayan desentendido del tema. Las Fuerzas Armadas de los setenta sí fueron analizadas, pero en función política, golpista y represiva. En cambio, seguimos sabiendo muy poco de las FFAA en función específicamente militar, tanto en el continente como en el Atlántico Sur, de los desempeños individuales y colectivos, de la organización, del adiestramiento y del mando, de la pluralidad de destrezas que comportan las armas y las fuerzas.

Supuestamente, la caracterización habitualmente negativa de los militares en Malvinas sale en defensa de los soldados porque reconoce y denuncia sus padecimientos. Esto tampoco es cierto, porque al concebirlos como civiles en un campo de batalla y no como conscriptos con función militar, los desconoce como lo que fueron, la encarnación viviente de aquella paradoja donde aparecen a la vez como los hijos del pueblo e integrantes de la institución militar. Por obra y gracia de este mecanismo, los ex soldados pasaron a ocupar el mismo lugar social y político que “los civiles desarmados en los interrogatorios” del lustro anterior.

Tal perspectiva desmilitariza a aquellos civiles armados y con función militar, y define con anticipación, es decir, prejuzga el sentido de todo cuanto ocurrió en Malvinas como parte de la dictadura militar. Allí se encuadra como autoritario el trato diario, los rigores de la instrucción y del mando a los soldados. Por ejemplo, las condiciones logísticas y las imprevisiones valen lo mismo que los rigores climáticos y que las medidas disciplinarias; todo abona a la realización de crímenes de lesa humanidad. Para concluir de este modo, los científicos sociales que se han dedicado al tema Malvinas, parten de la premisa de que “hay que ubicar a la guerra de Malvinas en su contexto histórico y político” (ver Lorenz, 2006; Soprano, 2018; Rodríguez, 2020).5Esta premisa tiene una limitación supuestamente metodológica que es, en el fondo, conceptual, y que tiene varios efectos en el campo de estudios sobre la guerra.

La relación entre el período 1976-1980 y el del 2 de abril al 14 de junio de 1982 no está dada y debe someterse a análisis. En ambos períodos y como se ha dicho tantas veces, la sociedad civil argentina no sólo estaba vigilada y suprimida; estaba militarizada y sostenía a la conscripción como rito de paso válido a la adultez masculina. Es decir, retratar a los soldados de entonces como víctimas del régimen, siendo que en Malvinas no eran víctimas específicas, ni mucho menos inermes, parece discutible o anacrónico. Apelar al “contexto” significa delegar en el autoritarismo la respuesta casi automática a todas las preguntas, sin mediar la investigación empírica. La disposición anti-militar y la anti-dictatorial alinearon ambos escenarios, PRN y Malvinas, subordinando el castrense argentino en las islas al político-castrense en el continente. Esta es, ciertamente, una lectura posible y relevante, pero no es la única. Cabría preguntarse, a la inversa, por qué no pensar que el escenario insular fue significativamente el contexto del escenario interno. Esta alternativa nos permitiría comprender a las FFAA según su función militar. Así lo entendían suboficiales y oficiales en el nivel operativo. Y nos permitiría, además, comprender la iniciativa de la primera junta del PRN, casi inexplorada por ahora, cuando la Argentina casi fue a la guerra con Chile en 1978. Llamativamente, el mismo año en que tuvo lugar el primer campeonato mundial de fútbol que se realizó en la Argentina y que terminó coronando a este país. Si tales acontecimientos sólo se explican y comprenden porque sucedían “en el contexto” del terrorismo de estado, futbol y amenaza de guerra con el país vecino debieran interpretarse con la misma clave. ¡Quizás muchos argentinos no estén dispuestos a tanto dogmatismo!

Dar lugar a otras posibilidades lógicas es un ejercicio propio del trabajo intelectual pero, para quienes hacemos antropología, son nuestros interlocutores los que nos enseñan a reconocer cuáles son los contextos significativos, tal como hicieron los vecinos de Villa Tranquila conmigo, pese a mi empecinamiento. Sin embargo, la duda y la búsqueda de nuevas preguntas no fueron la línea rectora. Por eso me permito dudar de que en 2022 los académicos aceptemos que se conmemorará la guerra de Malvinas.

Hace ya mucho tiempo, el colega estadounidense Charles W. Briggs publicó Learning How to Ask (1986). Allí mostraba que no hay forma de comprender lo que nos dicen las personas en las entrevistas, si no entendemos sus referencias y competencias comunicativas. Una de esas competencias comunicativas es generar el contexto que les permita entender qué hacen el investigador y sus interlocutores a lo largo de su interacción. Briggs mostraba que los contextos no pueden establecerse a priori y de manera unilateral por los investigadores, porque éstos no entienden cómo significa la interacción su “entrevistado”. Cuando tratamos de conocer una realidad desconocida, incomprensible, extraña y hasta desagradable, los investigadores debiéramos esperar para definir los contextos, y abrir nuestra capacidad de escucha y de observación para aprender alternativas a las que traíamos previamente. La investigación social, especialmente en ciertos temas problemáticos, necesita que nos desplacemos desde nuestras certezas a las certezas de aquellos a los que estudiamos. En cuanto a Malvinas, hicimos lo contrario: nuestra resistencia nos condujo a diseñar una comprensión civil de lo que fue un escenario militar, y una caracterización humanitaria de la inhumanidad de la guerra. ¿Resultado? Moralizar la vida social, no estudiarla. Los peces gordos siguen saltoneando alrededor de nuestra empecinada negación.

Es en este sentido que pienso que los investigadores sociales hemos sido parte del problema, es decir, de no entender ni estudiar la guerra de Malvinas desde la lógica, el conocimiento y la experiencia de sus verdaderos (no idealizados ni caricaturizados) protagonistas. Las ciencias sociales y las humanidades hemos sostenido al mundo militar estatal como un sujeto monolítico e inaccesible, es decir, lo hemos mantenido en el exotismo.

La antropología nació estudiando pueblos calificados como “exóticos”, “extraños”, “salvajes” y “bárbaros”. Nuestro trabajo fue, entonces, comprender formas de vida y de pensamiento que aparentemente no tenían sentido (para Occidente). Exactamente hace un siglo, Los Argonautas del Pacífico Occidental (1922), la obra del polaco radicado en Londres Bronislav Malinowski marcaba en sus 500 páginas el nacimiento de la antropología moderna. Allí mostraba que los habitantes de Melanesia tenidos como salvajes sin ley ni orden contaban con una organización social compleja, mantenían activas “relaciones exteriores” y observaban lealtades diversas, altruismo y reciprocidad. Malinowski pudo reconocer la racionalidad melanesia gracias a su trabajo de campo entre 1914 y 1918, precisamente cuando los civilizados europeos terminaban con más vidas que todas las víctimas sumadas de las guerras europeas durante los dos siglos anteriores (incluyendo a las napoleónicas).

Desde entonces, los antropólogos empezamos a aprender que nadie es exótico per se, sino desde el seno de una relación que produce la exotización de una de las partes. Nuevamente, como sucede con la noción de contexto, el exotismo nace de relaciones sociales, no de ideas pronunciadas en el vacío de la indeterminación histórica y cultural.

En antropología aprendimos a ver al Otro sociocultural como parte del todo, al menos desde cuando el mundo empezó a ser uno en 1492. En nuestro país, hemos caricaturizado y exotizado a distintos actores de nuestra sociedad y de nuestra historia (“la turbamulta ignara” decía un cronista en 1945, cuando “las hordas” pasaban por Callao y Santa Fe; otros más benévolos, acaso por el pajarito de los patios, la llamaron “cabecita negra”; antes era “la chusma radical”; y así siguiendo con los “tanos brutos” y los “judíos usureros”). Hoy y desde 1982, lo castrense todavía pertenece a otro mundo, aunque en aquel entonces esa relación haya sido tan cercana y entrañable, y se haya expresado con discursos grandilocuentes, con entusiasta presencia callejera, con donaciones de los bienes más preciados y con elevadísimos rankings de audiencia.

En estos 40 años es sorprendente que los científicos sociales hayamos mantenido a los militares detrás de la línea del exotismo, sin preguntarnos por sus propias lógicas que, por ser argentinos, compartían parcialmente con todos nosotros, “los civiles y universitarios bien pensantes”. Tanto es así que la mayoría de los oficiales, suboficiales y, sobre todo, de los soldados decidió llamarse a silencio y rechazar nuestro acercamiento. Tratan de no seguir engrosando las arcas del grotesco. Y aunque los militares sean los principales damnificados de estas operaciones, los ex soldados también lo son; ya ni leen lo que escribimos sobre ellos porque se saben preinterpretados como civiles inútiles y hambrientos, arrastrados a las islas por monstruos de uniforme. Una vez más, los científicos sociales habremos inventado una realidad antes de investigarla (ver Neiburg, 1998).

IV. Hacia una nueva hipótesis

Afirmar que Malvinas fue la extensión de los campos clandestinos de detención al territorio insular, y por lo tanto aplicarle la misma mirada y las mismas preguntas que al período pre-bélico, nos llevó a hacer de Malvinas otra cosa que la que muchos argentinos conmemorarán en 2022: la guerra.

Ahora bien. Si la exotización es una relación social entre partes que pertenecen al mismo mundo, habría que suponer que los intelectuales universitarios pertenecemos al mismo mundo que los militares, a quienes seguimos sosteniendo en su faz exótica. Entonces ¿cuál sería ese mismo mundo? En principio la Argentina. Mirándolo bien, el Estado.

Los intelectuales solemos trabajar en instituciones académicas. Damos clases, organizamos reuniones y establecemos debates a través de las publicaciones académicas. La universidad pública tiene, en nuestro país, una histórica extensión y densidad, habiendo atravesado épocas de relativa tranquilidad y otras de gran turbulencia que no se limitan a los setenta, ni comenzaron en 1966. Habría que remontarse a los tiempos de la Reforma Universitaria en 1918, y a los cataclismos de mediados de los cuarenta cuando los profesores que demandaban al Poder Ejecutivo respeto a la autonomía universitaria fueron exonerados de todas sus cátedras (1947). Poco después se comenzó a requerir, además de los antecedentes y la clase de oposición, el carnet de afiliación al Partido Justicialista para ocupar el puesto académico ganado por concurso.

Como tantos otros ambientes, los universitarios habitamos el nuestro sostenidos en valores, normas y lealtades. En la Argentina y desde la instauración democrática de diciembre de 1983, asistimos a una extensión de las instituciones académicas y a un incremento de la matrícula estudiantil como nunca antes en la historia nacional. Desde el interior de estos mundos tendemos a creer que todo funciona o debe funcionar tal como lo conocemos. A esto los antropólogos lo llamamos “etnocentrismo”, juzgar a los habitantes de otras culturas con los valores de la propia. Pero no somos sólo nosotros. Así sucede con los sectores sociales extendidos y numerosos, en cuyos microclimas de opinión llegan a creerse deseables y absolutos. Este sesgo se pronuncia aún más cuando esos sectores extendidos gozan del poder que les confiere ser parte del Estado (no sólo del gobierno). Así fue con las FFAA, las protagonistas de la guerra, cuando sus Estados Mayores ocupaban el poder político y regían las vidas de todos los argentinos. Pero ese poder para imponer sus valores al resto de la sociedad no los hizo ni más sabios ni mejores. Así sucede hoy con nosotros. La academia universitaria goza de un poder político gigantesco que no necesariamente la vuelve más informada ni más sabia. La particularidad, sin embargo, es que nosotros preferimos definirnos por nuestra capacidad de generar conocimiento, superar los prejuicios y sostener el espíritu crítico. No por el monopolio del uso de la fuerza.

Malvinas y, sobre todo, la Royal Task Force, les enseñó a los comandantes argentinos que su lógica y sus razones tenían un límite. ¿Cuál será el límite para los académicos? Como antropóloga, me interné en nuestra experiencia bélica para entenderla y sólo empecé a comprender cuando me animé a des-exotizar el mundo militar, que siguió siendo un tabú para la academia científico-social.

Si tuviera que decir en qué consistió mi proceso de conocimiento durante estos 40 años desde que escuché la noticia en el comedor de Doña Silveria, no pondría el acento en la sucesión de libros y artículos en revistas con referato. Lo pondría en un proceso a la vez personal y académico, con el que pude poner en juego las teorías académicas, mis ideas y prejuicios, junto a mis sentidos personales, familiares y generacionales de la vida y de la historia que viví y que me precedió a través de mi ascendencia. En las pequeñas decisiones que jalonaron ese proceso, participaron definitivamente los tonos de voz, las miradas y los gestos de aquéllos que fui conociendo. Así fui haciendo mis investigaciones sobre y con los veteranos que hicieron la guerra y sobre qué hizo la guerra con ellos, porque pude reacomodar mis supuestos en múltiples interacciones y direcciones. Ellos me enseñaron cómo conocerlos.

Entonces aprendí que conocer y entender no resulta sólo de la situación del encuentro académico, ni del método, ni mucho menos de “la entrevista en profundidad”. Resulta de nuestra tenaz decisión personal-profesional de trabajar, y en mi caso, de trabajar teórica y etnográficamente, para que mis interlocutores castrenses dejaran de serme (y de sernos) exóticos. Descubrí que compartíamos la contemporaneidad y la natividad de un tramo doloroso, esperanzado y convulsionado de la Patria. Las mismas noticias, el mismo país, el mismo Estado, distintas perspectivas… pero no siempre.

Mirar de frente y en serio a la guerra de Malvinas, ya en la antesala de estos 40 años, supone el compromiso de ponernos a trabajar sobre su dimensión socio-militar, sobre la guerra y sus guerreros. Nadie vuelve igual del frente. Las marcas, las pérdidas, las dudas de lo que podría haber sido y haberse hecho, transforman profundamente los sentidos de la vida por venir. Una sociedad tampoco permanece igual después de una guerra. La acosan las marcas, las pérdidas y las dudas acerca de si cada cual hizo lo necesario para que no ocurriera, o lo suficiente para calmar su dolor.

En estos 40 años los intelectuales hicimos lo que pudimos con nuestra guerra. Seguramente, en los próximos 40 otros nuevos colegas aprenderán de nuestros errores, harán preguntas más interesantes y atrevidas, alcanzarán conclusiones bien fundadas que quizás logren conmover certezas, sentencias fáciles y argumentos lineales. Los caídos de la guerra y de la posguerra los estarán mirando.

Referencias bibliográficas

Briggs, Ch. W. (1986). Learning How to Ask. Cambridge: Cambridge University Press.

Chao, L. D. (2021). ¿Qué hacer con los héroes?. Buenos Aires: SB.

Da Fonseca Figueira, J. A. (1978). Cómo los poetas les cantaron a las Malvinas. Buenos Aires: Editorial Plus Ultra.

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Guber, R. (2000). La recuperación de la frontera perdida. La dimensión mítica en los derechos argentinos a las Islas Malvinas. Revista de Investigaciones Folclóricas 15, 77-87.

Guber, R. (2001) ¿Por qué Malvinas? De la causa justa a la guerra absurda. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Guber, R. (12 de junio de 2021). Malvinas: ‘Gesta’ o ‘Aventura Absurda’? Dos lecturas que conviene dejar atrás. La Nación. Recuperado de https://www.lanacion.com.ar/ideas/malvinas-gestao-aventura-absurda-dos-lecturas-que-conviene-dejar-atras-nid12062021/

Guber, R. (ed.). (2022). Mar de guerra. Buenos Aires: SB.

Lorenz, F.G. (2006). Las guerras por Malvinas. Buenos Aires: Edhasa.

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Melara, P.J. (2011). Malvinas: Sentir la guerra. Mar del Plata: Ediciones Suárez.

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Rodríguez, A.B. (2020). Entre la guerra y la paz: la posguerra de los excombatientes del Apostadero Naval Malvinas. Experiencias, identidades, memorias. Los Polvorines: UNGS.

Rozitchner, L. (1983). De la guerra sucia a la guerra limpia. Buenos Aires: CEAL.

Ruiz Moreno, I. J. (1986). Comandos en acción. Buenos Aires: Emecé.

Soprano, G. F. (2018). El Ejército Argentino y la guerra convencional en la segunda mitad del siglo XX. Reflexiones a partir de la experiencia de la artillería en la Guerra de Malvinas. Contenciosa, 6(8), 1-18.

Wright, P. (1986). On Living in an Old Country. London: Verso.

Notas

1 Una versión preliminar fue presentada en las “III Jornadas de la Cuestión Malvinas en la UNLP”, organizadas por EdICMa (Equipo de Investigación de la Cuestión Malvinas), en la Universidad Nacional de La Plata, el 10 de diciembre de 2021.
2 En octubre de 1982, la Primer Ministro Margaret Thatcher encabezó la exhumación de la nave insignia de Enrique VIII que en el 1500 partió de Inglaterra para combatir a la flota española, con la mala suerte de que naufragó poco después de zarpar. Cuatro siglos más tarde, el buque fue sustraído de las profundidades del Canal de la Mancha, los restos humanos fueron ubicados en ataúdes y los objetos reparados y puestos en exposición. Le siguió una ceremonia funeraria honorífica en el puerto Portsmouth, de donde la Mary Rose había zarpado (Wright, 1986; ver Guber, 1994).
3 La urdimbre son los hilos sobre los que se trama el tejido. Son su estructura y pueden verse cuando se comienza a pasar la lana de colores en un telar.
4 Es casi seguro que quien lea estas líneas esté pensando que no participó del entusiasmo reinante y que no fue presa del engaño. Pero lo que importa aquí y como detallaré seguidamente, es el clima social y hecho público, no el que se guardaba en el fondo de nuestros corazones y nuestras sospechas. Se puede ver la reacción de exiliados argentinos en México y Venezuela en el anexo de Rozitchner (1983) y algunas caracterizaciones del clima y sus distintos actores en Guber (2001).
5 Federico Lorenz (2017) revisa esta aproximación en La Llamada, donde la anécdota-rumor-leyenda del soldado que se suicida cuando escucha que su madre rechaza albergar a un joven sin piernas, impone contextos desde las experiencias del frente, los hospitales y la supervisión militar. Pablo Melara (2011) logra una reconstrucción estrictamente castrense y humana de los buzos tácticos que participaron en el teatro de operaciones y Andrea Rodríguez (2020) logra sumergir al lector en un conjunto de hombres que se esfuerzan, junto a la autora, por crear el contexto de una unidad militar que comenzó a existir desde el 2 de abril, y que desaparecería después del 14 de junio, para quedar sólo en la memoria y en su libro. Pero ningún autor entiende tan profundamente a su objeto de estudio como Isidoro Ruiz Moreno (1986) y su temprano estudio sobre las dos compañías comando del Ejército Argentino, una verdadera etnografía escrita por un historiador de otra época, pero de nuestro país. Afortunadamente, hay varios colegas jóvenes que han decidido aventurarse por los caminos que sus interlocutores y sus fuentes les permitan, como por ejemplo los integrantes del equipo de investigación Mar de Guerra, cuyo libro homónimo se publicará en este 40° aniversario.

Recepción: 22 diciembre 2021

Aprobación: 28 abril 2022

Publicación: 02 junio 2022

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