Aletheia, vol. 17, nº 32, e249, junio - noviembre 2026. ISSN 1853-3701Dosier
Una dictadura de y para las personas comunes. La legitimación inicial de la última dictadura cívico-militar argentina
Resumen: Este ensayo analiza los mecanismos de legitimación inicial de la última dictadura cívico-militar argentina (1976–1983) a partir de las actitudes de los sectores sociales no militantes. Se examinan formas de consentimiento, apatía y acomodación que contribuyeron a un consenso difuso en los primeros años del régimen. El estudio analiza el papel que las revistas dirigidas a las personas comunes tuvieron en la construcción de una legitimidad dictatorial. Así, el análisis de la revista masiva Gente muestra tres operaciones discursivas principales: la representación del golpe como solución “necesaria” a la crisis, la construcción de la violencia guerrillera como amenaza común y la figura de Videla como “hombre común” y moderado. El estudio analiza el papel que las revistas dirigidas a las personas comunes tuvieron en la construcción de una legitimidad dictatorial.
Palabras clave: Actitudes sociales, Última dictadura cívico-militar, Revista Gente.
A dictatorship of and for ordinary people. The initial legitimization of Argentina’s last civil–military dictatorship
Abstract: This essay examines the mechanisms of initial legitimation of the last Argentine civic-military dictatorship (1976–1983) by focusing on the attitudes of non-militant social sectors. It explores forms of consent, apathy, and accommodation that contributed to a diffuse consensus during the regime’s early years. Drawing on an analysis of widely circulated magazines such Gente, the study identifies three key discursive operations: the framing of the coup as a “necessary” solution to the political crisis, the construction of guerrilla violence as a collective threat, and the portrayal of Jorge Rafael Videla as a “common man” and a moderate leader. By examining how mass-market magazines addressed ordinary readers, the article highlights the role of popular media in the consolidation of authoritarian legitimacy.
Keywords: Social attitudes, Last civil-military dictatorship, Gente magazine.
Introducción
El estudio de la última dictadura argentina a cincuenta años del golpe cívico-militar ha ido expandiéndose en años recientes, incluyendo en la agenda de investigación numerosos temas, problemas y nuevas preguntas. Dentro de una general renovación historiográfica, el análisis de las actitudes sociales de no oposición, consentimiento y apatía hacia el régimen militar y, a la vez, las estrategias de autolegitimación de la dictadura, ocupan un lugar importante.
En concomitancia con un clima político favorable (Balé, 2022), el estudio de las memorias de quienes fueron víctimas directas de la dictadura ha contribuido a despolitizar el accionar militante previo al golpe de estado (Crenzel, 2008). Es así que esa lectura del pasado argentino que buscó remarcar y rescatar el carácter “heroico” y “resistente” de algunos actores (militantes políticos, sociales, etc.) se ha convertido en una narrativa oficial y también en una bandera política (Balé, 2021).
La cristalización de las memorias militantes y setentistas como relato oficial/estatal durante los gobiernos kirchneristas (2003-2015), en oposición a la narración de los años noventa, que había acompañado a las leyes de impunidad, ha sido un fenómeno disruptivo y de reparación histórica, que ha sido acompañado y a la vez impulsado por la sociedad civil, la intelectualidad y también por las ciencias sociales. A lo largo de los años, se ha asistido a una verdadera monumentalización de las que podemos llamar "memorias resistentes" o "heroicas" que, de algún modo, han desdibujado la historia y la experiencia de aquellos sectores “comunes” o no políticamente conscientes y activos de la sociedad argentina.
La agenda de investigación, en parte preocupada por la urgencia de reconstruir el destino de las víctimas y el funcionamiento de la maquinaria del terror, se ha desinteresado en profundizar las actitudes sociales no resistentes y, en general, el conocimiento acerca de cómo la última dictadura militar funcionó más allá del plan sistemático de exterminio.
De alguna forma, esa urgencia histórica de echar luz sobre el destino de los desaparecidos y de otras víctimas, de recuperar la voz de los testimonios y de vencer al olvido, ha desalentado a los investigadores y las investigadoras a explorar temáticas menos “heroicas” –o, si queremos– "ordinarias". Estas circunstancias, por cierto, no han mejorado a partir de las presidencias de Mauricio Macri (2015-2019) y aún más Javier Milei (desde 2024), quienes han impulsado, desde la misma Casa Rosada, discursos negacionistas acerca de la última dictadura cívico-militar (Lvovich y Grinchpun, 2022). Este cuadro no contribuye a develar una temática cuyo potencial es muy relevante y todavía por explorar.
Distintos autores han examinado lo que podemos definir como “mismos y –a la vez– otros años setentas” y la dimensión consensual en dictadura (Quiroga, 1994; Novaro y Palermo, 2003). Autores como Lvovich (2017; 2020a; 2020b), superando el análisis de la crueldad del régimen y sus sistemas represivos, han comenzado la indagación del desconocido mar de las “otras” actitudes sociales y la dimensión cotidiana del régimen militar, constituido por pliegues y ambigüedades. La sed de conocimiento acerca de las actitudes sociales en dictadura ha alimentado nuevos estudios en los últimos años, los cuales han explorado el papel de la acción psicológica de la dictadura (Risler, 2019), sus políticas culturales y comunicacionales (Schenquer, 2023) y también la memoria consensual de los sectores obreros y populares hacia el régimen (Moriconi, 2019; Negri, 2022; Robertini, 2022). No obstante, las actitudes sociales parecen no haber adquirido todavía suficiente espacio dentro del campo de la historia reciente para implementar una agenda de investigación.
A esta dificultad de los estudios de las actitudes sociales le hace de contrapunto también la relevancia adquirida por la línea de investigación acerca de las complicidades en dictadura que, por lo menos desde 2004 en adelante, ha contribuido a reproducir una visión maniquea del pasado, que ha devuelto una imagen bidimensional de un país dividido entre víctimas y victimarios, entre culpables e inocentes. Esta circunstancia ha contribuido a simplificar el cuadro interpretativo general y ha reducido a estos dos posicionamientos las innumerables actitudes, historias y vivencias que, por su propia naturaleza, se inscriben en grises más que en tonalidades netas (Crenzel y Robertini, 2022).
Tomé prestada la “zona gris” de Primo Levi (1986). Él la utilizó para definir las ambiguas y ambivalentes relaciones de poder que se dieron entre victimarios y víctimas dentro de los campos de concentración nazis, durante la segunda guerra mundial. De la misma forma, sostengo que las ambigüedades propias de cualquier proceso histórico, aquellas que no se pueden reducir a la dicotomía consenso/conflicto, han sido sólo marginalmente tocadas por la literatura científica y, por ende, existe un amplio campo todavía por explorar. Desde la formación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), las investigaciones han develado numerosas dimensiones de lo acontecido en dictadura, y se han enfocado en esas “historias ejemplares”. Sin embargo, es muy poco lo que sabemos acerca de la vida cotidiana de los “mozos de bar, taxistas, empleados de almacén, kiosqueros y de esa miríada de pequeños-grandes personajes del cotidiano de Buenos Aires”, para retomar una agenda de investigación esbozada pero nunca emprendida por Guillermo O'Donnell (1983).
En estas páginas entro en esta discusión historiográfica e intento analizar uno de los tantos mecanismos propagandísticos y de comunicación que contribuyeron a la consolidación del régimen militar. Así, observo la forma en la cual la revista Gente, publicada por la editorial Atlántida, fue representada como un régimen “normal”, cómo Videla fue dibujado como un moderado y, por último, cómo la prensa trató de dirigirse a las que consideraba “personas comunes”. En un sutil juego entre representación y autorrepresentación, revistas de amplísima difusión trataron de instalar la idea de que el nuevo gobierno militar, partiendo del mismo Videla, estaba conformado por personas comunes, y que su accionar estaba destinado al bien de las personas corrientes. De esta forma, se puede comprender cómo, lo que aquí defino como una “dictadura de y para las personas comunes”, se transformó rápidamente en un mecanismo comunicativo y propagandístico cuya finalidad era consolidar la recién constituida junta militar.
En este artículo sostengo que la legitimación inicial de la última dictadura no se apoyó solo en la coerción, sino también en la producción de consenso destinado a las personas comunes mediante dispositivos mediáticos de gran tirada. En ese proceso, Gente tradujo la agenda militar a un lenguaje cotidiano y moralizador, encuadrando el golpe como “necesario”, la violencia guerrillera como “amenaza común” y a Videla como un “hombre común”, un moderado, contribuyendo así a “normalizar” el nuevo orden. De este modo, consentimiento, apatía y acomodación en sectores no militantes co-produjeron la estabilidad inicial del régimen, algo verificable a través del análisis de sus operaciones discursivas y de su interpelación interclasista.
Aparece, desde ya, que la reiterada referencia a las personas comunes se puede leer únicamente como un proyecto político-propagandístico, ¿o también como el intento de acercarse a sectores de la población que a lo largo de los setenta no se involucraron en las movilizaciones sociales? Considero que hay que leer de una doble forma la constante y reiterada referencia a las personas comunes durante la dictadura. Por un lado, ese fue un recurso propagandístico típico de los regímenes populistas o plebiscitarios, en los cuales los caudillos/dictadores se hicieron intérpretes de la voluntad general, de una comunidad hecha de personas comunes en oposición a los menos numerosos sectores movilizados. La división entre común/movilizado y argentinos “de bien” y guerrilleros, contribuyó a dibujar esa lábil diferencia dentro de la Argentina de los setenta, que fue utilizada para vehiculizar el discurso militar. Por otro lado, sin embargo, demuestra también el intento de consolidar una legitimidad inicial no solamente en los sectores dominantes de la sociedad, sino también en los populares.
Para acercarme a este objeto de estudio analizaré la revista Gente antes del golpe de 1976 y en las semanas sucesivas. Observaré los mecanismos discursivos sobre los cuales se fue sedimentando el consenso inicial que amplios sectores de la sociedad argentina brindaron al nuevo gobierno militar.
Para comprender los mecanismos de legitimación de la última dictadura cívico-militar es clave atender a los vínculos entre el régimen y la revista Gente y su propia editorial, Atlántida. Esta, con una línea editorial marcada por un horizonte moralista y conservador, hizo que Gente tradujera el discurso militar en narrativas accesibles para un público masivo, reforzando la idea de la necesidad de volver al “orden” y, luego del golpe, de establecer una “normalidad dictatorial”.
Como he mencionado anteriormente, la legitimación del régimen no se sostuvo sólo en la represión, sino también en la construcción de consensos. En este punto, la revista actuó como mediadora cultural: presentó el golpe como solución necesaria, espectacularizó la violencia guerrillera como amenaza común y humanizó a Videla como “hombre común”. La revista Gente, uno de los semanarios más influyentes de los años setenta, desempeñó un papel clave en la legitimación de la última dictadura cívico-militar. Sus páginas funcionaron como un dispositivo de comunicación política que contribuyó a instalar valores de orden y disciplina presentados como respuesta a la crisis del tercer peronismo (Jurgiel, 2016). En los meses anteriores al golpe, la publicación recurrió a imágenes de familia, emociones y vida cotidiana para naturalizar la intervención militar y presentarla como una salida natural y esperable.
El discurso editorial de Gente reforzó la idea de un vacío de poder y la necesidad de un desenlace castrense. La puesta en escena de la violencia de las organizaciones armadas, mediante necrológicas y fotorreportajes de fuerte carga emotiva, transformó la oleada insurgente en un peligro percibido por amplios sectores. Los discursos vehiculados por la revista articularon la necesidad de orden, la amenaza de la “subversión” y la exaltación de una figura presidencial “moderada”, que contribuyeron a construir una imagen de “normalidad dictatorial” que buscaba interpelar a amplios sectores sociales.
Gente, por cierto, no fue el único medio que tuvo este papel durante la dictadura; de hecho, medios como Clarín y La Nación difundieron la idea de que las Fuerzas Armadas eran la única salida frente al caos, justificando así la ruptura del orden democrático. Luego del golpe, muchos medios reprodujeron acríticamente el discurso oficial, invisibilizaron la represión y presentaron a Videla como un líder necesario. Más allá de la censura y de la línea pro-dictadura, existió también una evidente complicidad entre grupos mediáticos y el régimen, tanto por afinidad ideológica como por intereses económicos.
En las próximas páginas analizo la forma en la cual la revista Gente preparó el golpe. Además, a partir del 24 de marzo, durante las primeras semanas de dictadura, se dedicó a montar una imagen de Videla como un hombre común. El golpe, asimismo, es representado como un hito en la historia nacional.
Una dictadura “necesaria”
Algunos estudios pioneros coinciden en indicar que, en sus primeros tiempos, la dictadura militar contó con amplios márgenes de consenso social (Quiroga, 1994). Este se basó, fundamentalmente, en el descrédito en el cual había caído el tercer gobierno peronista y en la feroz campaña de la prensa en contra de la presidenta María Estela Martínez de Perón. A partir de la difícil solución de problemas de orden político y económico que afectaban directamente a la vida cotidiana de los argentinos, como la brusca devaluación, efecto del Rodrigazo, la oleada de protestas fabriles y el alza de las acciones puestas en marcha por la guerrilla en Tucumán, se comenzó a construir la idea que un golpe hubiese solucionado estos problemas. También, el inédito despliegue de violencia estatal que se dio en el marco del Operativo Independencia en 1975, contribuyó al general clima de crisis sociopolítica (Pontoriero, 2022).
Entre 1975 y 1976, las instituciones fueron dando cada vez más espacio al actor militar. La prensa masiva impulsó y promocionó la idea de que la Argentina se encontraba sin un gobierno lo suficientemente fuerte para enfrentar esa emergencia. Poco a poco, se generó la idea de un verdadero vacío de poder (Vitale, 2007; Borrelli, 2015). Ese vacío, sin embargo, no se construyó solamente como una conspiración urdida por la cúpula empresarial/militar, sino también como un discurso popular dirigido por la prensa gráfica hacia sus lectores, que tenía su correlato en la cotidianeidad. En las páginas de la revista Gente, en ediciones anteriores al golpe, es posible leer la preocupación compartida por la economía y la temática de la seguridad y de las víctimas de la guerrilla y, por ende, el pedido de poner un límite a su accionar.
En agosto de 1975, en un contexto de exacerbación de la crisis político-económica del gabinete presidencial, la revista Gente condensó en un emblemático artículo, titulado “Para saber dónde vamos, tenemos que saber qué queremos”, una verdadera agenda de gobierno basada en la interpretación de un sentido común conservador compartido por distintos sectores sociales. En el marco del desgaste de la presidencia de María Estela Martínez de Perón, la revista publicó una larga enumeración de problemas que afectaban a la ciudadanía y otros que apuntaban directamente contra el sistema político en su conjunto. Tres cuestiones, sin embargo, ofrecen una instantánea de las principales preocupaciones de la gente común:
Los tres tópicos del artículo de Gente expresan la imagen de una parte de la sociedad cada vez más abiertamente antiperonista, cansada del desabastecimiento y la corrida de los precios y, quizás el más relevante, cada vez menos comprensiva hacia las acciones de la guerrilla. Sobre este último punto vale la pena retomar el debate acerca de la aceptación de la violencia revolucionaria por parte de la sociedad argentina.
Yendo más allá de la interpretación de O’Donnell (1987) acerca de la aceptación de la guerrilla de los setenta, es posible afirmar que, efectivamente, en los sectores populares y medios, existían amplios segmentos de la llamada “mayoría silenciosa” (Carassai, 2012) que, lejos de apoyar el accionar guerrillero, expresaron un posicionamiento conservador y fiel a instituciones clásicas como las Fuerzas Armadas. Por ende, como también ha observado Lvovich (2020a), si bien es dificultoso cuantificar el apoyo de la sociedad civil a la guerrilla, es posible afirmar que el alza de su accionar luego de 1973 alejó progresivamente a distintos actores sociales de la insurgencia.
Revistas como Gente lograban dar forma y representar una serie de perplejidades y frustraciones que se estaban gestando dentro de amplios sectores sociales que podemos definir “políticamente fríos”. Estos fueron, grosso modo, pasivos frente a las dinámicas internas y al juego de los partidos, así como a las grandes manifestaciones sindicales de finales de 1975. Esa pasividad en relación con la política ha sido considerada a menudo como una característica propia de la clase media conservadora (Novaro y Palermo, 2003; Carassai 2012). No obstante, como también han develado investigaciones recientes (Robertini, 2022; Negri, 2022), también amplios sectores obreros se inscribieron en ese clima de “fuga de la política”, considerada como algo negativo, contaminado y peligroso.
A este clima de progresiva tensión social contribuyó también la prensa gráfica que, a la vez, se fue alimentando del sentido de frustración que iba creciendo en ciertos sectores de la sociedad. Vista desde esta perspectiva, la temática de la violencia fue utilizada por algunos medios de comunicación como un llamado a las fuerzas conservadoras de la sociedad argentina. La insistencia sobre los hechos de sangre y los atentados de la guerrilla se convirtieron progresivamente en la evidencia de un peligroso vacío de poder en Argentina. En diciembre de 1975, la revista Gente publicaba la que definía “la nota más dolorosa del año” (Figura 1).
En esta nota no hay artículos. En esta nota no hay adjetivos. En esta nota no hay conclusiones escritas. En esta nota hay solamente nombres y fechas. Es, posiblemente, la nota más escueta que hayamos publicado. Es seguramente, la más dolorosa. Hay aquí 850 nombres. Los 850 muertos que produjo la violencia en la Argentina desde el 1° de enero de 1975. Ahora la lista está en sus manos. Esto pasó en su país, en nuestro país, en menos de 365 días. Las reflexiones corren por su cuenta.2

La nota, reproducida a página completa en letras mayúsculas y negrita, con el listado de los muertos en marcos negros, adquirió rápidamente el significado alegórico de una gran necrológica nacional (Figura 1). La espectacularización y teatralización de los delitos políticos a través de la publicación de extensos fotorreportajes de valor emblemático –entre otros, merece mencionarse el caso de Ana María González o el del hijo del gobernador de Neuquén, Sapag– contribuyeron a generar repudio hacia el accionar guerrillero. Éste, pues, comenzó a ser visto como “irracional y cruel”, y perdió progresivamente el sentido y la legitimación de los cuales había gozado en los años anteriores.
Otra estrategia recurrente que hemos observado en la prensa masiva consistió en tratar estas temáticas en el correo de lectores, con el fin de lograr una supuesta perspectiva privada y “despolitizada” sobre el accionar guerrillero. El correo de lectores, en este sentido, es un espacio dialógico intermedio entre la comunicación filtrada por la redacción de una revista y el pensamiento (aparentemente no mediado) de la gente común. En ese espacio, pues, fue posible para los medios transformar hechos políticos (atentados, asaltos y acciones guerrilleras) en casos de crónica, con el fin de alcanzar un progresivo desapego por parte de distintos sectores que antes habían mirado con simpatía a la juventud movilizada. Pocos días antes del golpe del 24 de marzo, la revista Gente publicaba la carta de una madre de un policía, muerto en acción, a la madre de un soldado caído en circunstancias parecidas:
Quiero contestarle a la madre de un soldado para decirle que la misma pregunta que ella se hace ahora la hicieron cientos de madres de policías que desde hace 10 años son víctimas de la guerrilla. […] Esa policía luchó y se encuentra luchando permanentemente contra esa guerrilla […]. Que esa madre del soldado que lucha en Tucumán tenga la plena seguridad de que en Buenos Aires, como en tantos otros lugares del país, hay asesinos que atacan desde la oscuridad, que torturan, que colocan bombas mutilantes […] la ciudadanía se ha dado cuenta [de] que el problema de la guerrilla nos afecta a todos y que todos debemos luchar contra ella, sin mayor o menor mérito que el de destruir al enemigo común. Rindo por igual mi homenaje a militares, policías y víctimas inocentes de la guerrilla […] y les digo a los jóvenes que, equivocados o no, integran la guerrilla, que comprendan que esta Argentina es de todos y deseamos vivir en libertad, discutiendo nuestros problemas en paz y no con armas.
R: La última semana se produjo la condenación unánime de los actos demenciales del terrorismo. Los asesinatos, Tucumán o Córdoba, como el del general Jorge Esteban Cáceres y Monié y su esposa encontraron la repulsa unánime de todo el país, que por fin está en guerra y que debe pelear para recuperar la paz. El coronel Corbetta [dijo] "¡cuando el resto de la Nación se alinee con los que ya están alineados, nuestra causa será de todos!”.3
El carácter emotivo de la carta de una madre hacia otra y a la vez tan feroz y deshumanizante hacia ese “enemigo común”, explica el despliegue del discurso del "enemigo interno". Además, en las intenciones de los editores, este testimonio reiteraba la supuesta irracionalidad del “odio y del terror” implementados como arma política por parte de las agrupaciones guerrilleras y la existencia de un enfrentamiento a la par entre militares y guerrilleros.
Una dictadura de y para la gente común
Dirigiendo nuestra mirada a los primeros números de la revista Gente publicados a partir del 24 de marzo del 1976, más allá de las fotografías que ocupan la totalidad de las portadas y los titulares que inscribían esa revista en un apoyo militante de la dictadura, un elemento que destaca es el intento de normalizar el golpe. Desde los primeros números se observa cómo esta publicación, de gran tirada y de amplio consumo interclasista, intentó apoyar al proyecto político del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” a través de sutiles y hábiles estrategias comunicacionales.
En los números analizados, es posible identificar dos principales formas de legitimación de la dictadura, que fueron fundamentales para consolidar al régimen en sus primeros momentos. Me refiero, en primer término, a la idea de que el golpe fue algo “normal”, o sea, que no se trató de una réplica de lo acontecido poco años antes en Chile con las imágenes de la Moneda en llamas que llenaron los diarios y noticieros internacionales, sino que se consumó en un clima general de expectativa y hasta esperanza. En segundo lugar, cobraba fuerza la idea de que Videla era un “trabajador incansable”, un hombre “común” y “moderado”. Por último, dadas las primeras dos condiciones, el nuevo régimen estuvo conformado por y para las personas comunes, sobrias, “normales”, luego de un trienio marcado por el terror, pero también por las “extravagancias” de María Estela Martínez y José López Rega.
La idea del golpe como un evento “esperado”, que solucionaría los problemas de la Argentina, está presente en las páginas de Gente en las semanas anteriores al golpe y, aún más claramente, a partir del 24 de marzo. La revista señalaba que el país recibió “la noticia del pronunciamiento militar sin euforia pero con una contagiosa sensación de tranquilidad, con alivio ante el fin de una pesadilla donde todos resultaban víctimas”.4 No se trató de una actitud militante de las posturas anticomunistas y fervientemente antiperonistas de la junta militar, sino que, más modestamente, se lo describe como un “alivio”, una “esperanza” o una actitud “resignada”, tal como ha observado Quiroga (1994).
La “expectativa golpista”, en este sentido, fue el resultado de una estrategia comunicacional que presentó al golpe como a la última posibilidad para la Argentina antes de la “disgregación nacional”, y para salvarla de la “decadencia” de los años del tercer gobierno peronista. Se fue gestando esa inicial legitimidad militar, como un llamado al orden y a la disciplina basado en la reacción contra todos aquellos que, desde el 1969 en adelante, habían cuestionado la realidad social del país. No es de extrañar que el 1° de abril de 1976 la revista Gente titulara “el pensamiento [del nuevo gobierno] militar: moralidad, idoneidad y eficiencia”. Se trataba de una representación más del golpe como vuelta al orden “natural” del país.5
Un asunto muy presente en la prensa gráfica y en la información post-24 de marzo fue la “derrota armada” de la guerrilla que, con tonos belicistas, insistió sobre la “misión histórica” de salvar al país de la “subversión”, mientras que sostenía la “prolijidad” del golpe y el respeto de las garantías constitucionales. A este imaginario de “normalidad” –que convivía con la excepcionalidad de haber intervenido al Congreso, los sindicatos, prohibido huelgas y declarado el toque de queda– contribuyó la prensa gráfica y en particular la revista Gente (Figura 2), que expresó entusiásticamente:
Poco a poco, después de las agitadas horas de la madrugada del miércoles 24 de marzo, la Argentina recobró su añorada fisionomía. En paz, orden, cada hombre y cada mujer ocuparon su puesto de trabajo. Humearon las chimeneas, trepidaron los tractores, tambalearon las máquinas de escribir, hubo colas en los cines y la comida volvió a los mostradores de los mercados.6

La imagen de un país “finalmente normal”, organizado, alejado del mal gobierno precedente, de las huelgas y protestas, es una expresión de deseo, el traumático cierre del ciclo protestatario de los setenta. Esa “normalidad dictatorial” se construyó sobre la base de la publicación de fotorreportajes y artículos que sustanciaron esa imagen ficticia de país normalizado. La Figura número 2 y su epígrafe ("Avidez por las noticias. Preguntas, respuestas. Diarios agotados. Charlas en las plazas y en los cafés. Nunca tantos quisieron saber tanto en tan poco tiempo”)7 son testimonios de ese proceso de artificial normalización de lo acontecido.
La supuesta moderación de Videla abonó ulteriormente, sobre todo para aquella parte de la población argentina no directamente afectada por la represión, a la idea según la cual solamente los “enemigos de la Argentina”, los militantes políticos, los guerrilleros y quienes en la década anterior habían tenido protagonismo político-social, tendrían que temer el accionar militar.
Sin embargo, la verdadera piedra angular de este imaginario positivo del gobierno de facto fue la figura de Videla, quien ocupó un lugar fundamental en la narrativa de la prensa y la comunicación tras el golpe. Videla se convirtió, de alguna manera, en el eje de un mecanismo narrativo que presentaba a la dictadura como un gobierno de y para las personas comunes.
Como ha señalado Daniel Lvovich (2020b), existió
la creencia que el general Videla era un militar moderado en todos los planos […] Esta creencia tenía la consecuencia de inhibir formas mayores de denuncia u oposición, ya que se consideraba que podían debilitar la posición de Videla, que aparecía como la mejor opción disponible para un arco importante que incluía a los dos partidos mayoritarios, buena parte de la izquierda y un amplio sector del Movimiento por los Derechos Humanos, además de a representantes católicos, judíos y protestantes (p.157).
Aquí me parece relevante agregar, a la dimensión supuestamente moderada, aquella de Videla como persona común, moralmente irreprensible y fervientemente católico. Este conjunto de mensajes y representaciones del dictador contribuyeron a cementar la idea de una dictadura “legalista” que venía a reparar a la corrupción del anterior gobierno peronista. Tal es así que en 1977 se implementó una Comisión Nacional de Responsabilidad Patrimonial, cuyo objetivo fue criminalizar a la anterior gestión peronista.
Frente a la corrupción de dicho gobierno, el teniente general/presidente era representado como un “trabajador incansable, obsesivo en todo lo que tiene que ver con el cumplimiento de su deber”.8 En un juego narrativo de alguna forma atractivo para el público, la redacción de la revista insistía sobre la dificultad en encontrar informaciones acerca de la biografía de Videla, una persona competente –argumentaban– pero alejada de la vida mundana. “No se habla de un militar, de un político y ni siquiera de un militar político. Se habla de un moralista, de un hombre de otro tiempo […] de una corrección personal, de una honestidad y de una pureza llevadas al límite del renunciamiento".9 La figura de un hombre recto, casi un franciscano, contribuía a ese imaginario positivo del nuevo presidente de facto. “La inflexibilidad en los principios no ha obstado para que el general Videla ganara fama de comprensivo con los problemas humanos de sus subalternos. Esta fama ha estado asentada también en la ecuanimidad de sus decisiones”.10
En los primeros artículos de Gente tras el golpe, se enfatizaba la moralidad del militar y se la contrastaba con la de los políticos, quienes eran considerados responsables de todos los males del país e incapaces de encontrar una solución frente al desgaste del gobierno de María Estela Martínez. Así, la figura de un presidente "normal", pero tácitamente extraordinario, fue retratada en momentos familiares e íntimos, con el intento de presentarlo como una persona común o, al menos, como alguien con quien la mayoría de la población pudiera identificarse (Figuras 3 y 4).

Son parte de esta estrategia de comunicación las fotografías de Videla en momentos familiares, por ejemplo, con su esposa, o de visitas en escuelas y cuarteles, que aparecieron con mucha frecuencia en las primeras semanas posteriores al golpe. A través de esas imágenes familiares se trató de insistir sobre el carácter ordinario de la vida del presidente de facto, pasando por sus orígenes en la ciudad de Mercedes (provincia de Buenos Aires) y llegando a entrevistar a profesores y compañeros de escuela. De alguna forma, el dictador se transformó rápidamente en un personaje polifacético:
Unos velaban al soldado. Otros, al jefe. Otros, al alumno puntual de la escuela número 7 de Mercedes. Otros, al profesor del Colegio Militar. Otros, al hombre inflexible en sus principios. Otros, al moralista. Otros, al católico. Otros, al camarada de armas. Sin embargo, de algo estaban seguros: ese hombre de uniforme estaba en el umbral de un singular y difícil destino y para cumplirlo le harían falta todas esas partes: la esperanza del chico que iba a clase en las heladas mañanas de Mercedes y también la experiencia y el dolor del hombre que esperó la Navidad en el fondo de la selva [de Tucumán].11
El proceso de legitimación inicial no se basó únicamente en la exaltación de Videla, sino también en el intento de establecer, a través de cartas y mensajes dirigidos a él, un contacto entre personas “comunes” y el presidente de facto. La estrategia apuntaba a representar al régimen como un “amigo” del pueblo, de los “verdaderos trabajadores”, y a Videla como restaurador de un orden social y político que había sido alterado. A esta percepción colectiva contribuyeron los medios, el discurso de la misma junta militar y también un extenso artículo aparecido en la revista Gente.
El 8 de abril de 1976, la revista publicaba una carta supuestamente escrita por “hombres comunes y corrientes” y dirigida a la junta militar (Figura 5). Elaborada con mucha probabilidad por la redacción y presentada como la expresión del sentimiento auténtico de 26 millones de argentinos, ponía de manifiesto algunos de los pilares a través de los cuales se consolidó esa inicial legitimidad autoritaria. La carta, presentada en forma de diálogo, con preguntas y respuestas –probablemente procedentes de declaraciones públicas y proclamas– se presentó como un diálogo entre personas comunes.

Señor teniente general. Queremos hablar con usted abiertamente. Sin aplausos prematuros ni reservas mentales. Lo hemos oído con atención. Su discurso fue una invitación al diálogo. Vamos a dialogar. […] Nosotros, hombres comunes y corrientes, también queremos sumarnos a este proceso […] a nadie lo iban a perseguir por sus ideas. No se actuaba “contra” nadie, sino en beneficio de todos. Un pueblo que comprendía que estaba al borde de la desintegración confiaba en sus Fuerzas Armadas.12
En el supuesto diálogo entre gente común y Videla, se reiteraban los tópicos discursivos de la justificación del golpe que la revista no representaba como un hito de la historia nacional, sino como una extrema ratio. En este sentido, el semanario describió la reacción popular tal como fue, no como una entusiasta toma de posición, sino como una actitud de una cierta expectativa y predisposición: “Ese día nadie salió a la calle a tocar bocina o a gritar su entusiasmo. Los argentinos maduramos de golpe. Comprendimos que no era una ‘revolución militar’ o un ‘golpe’ sino una convocatoria a un país nuevo”.13
La carta, en realidad, era un comentario hecho desde la perspectiva despolitizada de la población civil, de las personas comunes, al discurso pronunciado por el presidente de facto tras el golpe. El eje de esta publicación era también el diálogo entre padres de familia y Videla, en un intento de involucrar, en esa vuelta al “orden”, también a los sectores juveniles.
Los jóvenes nos están mirando, señor Presidente. Usted ha visto cómo entregan su vida luchando contra la subversión. Estuvo a su lado en Tucumán y vio su dramática Nochebuena. Tienen coraje, ganas. Lo mismo que los chicos que todavía no han hecho la conscripción o la han terminado.
Fundamentalmente, quieren rumbos y ejemplos. Un espejo de conducta donde mirarse, una guía para buscar un camino donde su fuerza sea fecunda. La juventud ha sido la gran castigada. Les hemos enseñado a no creer. Están hartos de promesas incumplidas, de convocatorias frustradas, de ver cómo se escapan sus años sin sentido. No quieren estudiar para emigrar porque aquí no tienen posibilidades. No les gusta escuchar más quejas de sus padres y abuelos sobre una Argentina que fue. Están vacunados contra las "generaciones quemadas". Quieren vivir, progresar, desarrollarse. Son generosos. Solo exigen ideales porque sin ellos solo son jóvenes viejos.14
La lógica discursiva de la revista Gente siguió en esta senda y se esforzó por dividir al país en dos: los argentinos que se podían considerar a salvo de la represión y aquellos que serían reprimidos en razón de su militancia política. Para reforzar esa idea, concluía la carta: “Ya no tenemos miedo. Pero nos quedan inquietudes. Nos queda el eco del horror en el que estábamos envueltos”.15
La justificación del golpe como consecuencia de la ruptura del pacto social bajo el gobierno de María Estela Martínez de Perón, sirvió para que se instalaran las condiciones para que el consenso inicial hacia la junta militar cosechara adeptos, no solamente en la cúpula oligárquico-empresarial que había urdido el golpe, sino también, como mencioné, en amplios e insospechados sectores populares. Cerraba ese número especial de la revista Gente la declaración según la cual “Queremos decirle que su mensaje llegó. La gente no esperaba palabras. Pero le gustó que Ud. hablara. Que diera la cara. Le podemos anticipar que le ha dado el sí a lo que usted pidió”.16 A esa altura de la publicación, la revista Gente cerraba su más que positiva aceptación del golpe de una forma descaradamente abierta y que, a la vez, se adentraba en una cuestión central para el nuevo régimen: aquella de su legitimidad inicial.
Todos estamos de acuerdo. O por lo menos una gran mayoría. Así debe entender usted, señor Presidente, la respetuosa aceptación de los hechos que vivimos y la serena confianza que se respira. La pesadilla se cortó. Al despertarnos, la realidad no fue nada agradable. Sabemos que tenemos menos peligro, que el salario será insuficiente para lo que aspiramos, pero no se irá fundiendo diariamente por la inflación descontrolada; que estamos en guerra contra la delincuencia ideológica, la decepción, la falta de fe. Por eso, al cerrar esta carta abierta que por momentos se hizo larga porque a los argentinos nos gusta hacernos oír; queremos sumarnos a su plegaria y rogar que tenga suerte en el camino que tomó y donde le aseguramos que no estará solo.17
La idea de un acuerdo general, de un consenso directo hacia el golpe, fue fundamental para la construcción de la legitimidad inicial del régimen militar. Paralelamente, los reportajes gráficos nutrieron la imagen de un gobierno legitimado por las personas comunes.
Conclusiones
A lo largo de este artículo, he explorado algunos de los pilares discursivos alrededor de los cuales se fue construyendo primero una expectativa golpista y, luego, una legitimidad inicial del gobierno militar. La crisis del tercer peronismo, tras la muerte de su líder, y las dificultades de amplios sectores sociales para entender el proceso político y el accionar guerrillero, contribuyeron a crear las condiciones para que la intervención castrense se transformara en una opción política posible. Las revistas gráficas jugaron un papel crucial en la erección de un imaginario positivo del régimen militar. Estas presentaron a Videla como un hombre común, moralista y moderado, en contraste con los políticos supuestamente corruptos y responsables de los males que aquejaban al país.
El análisis de las estrategias comunicacionales y propagandísticas utilizadas por la dictadura revela cómo se moldeó una narrativa que presentaba al golpe como una solución necesaria y esperada. La figura de Videla, retratado por la revista Gente en 1976 como un líder moralmente irreprensible y cercano a las personas comunes, fue central en esta narrativa. Esta representación ayudó a consolidar la imagen de la dictadura como un régimen "normal" y legítimo.
Este proceso de autolegitimación que se construyó a través de revistas como Gente, permitió al régimen militar consolidar su poder y obtener el apoyo de amplios sectores de la sociedad argentina. De ese modo, es posible corroborar el importante papel que estos medios cumplieron para la construcción de consenso hacia la dictadura cívico-militar entre la población argentina.
Agradecimientos
Agradezco los comentarios que sobre una primera versión de este trabajo realizaron los integrantes del proyecto “Aceptación, distanciamiento y acomodación en la última dictadura cívico-militar argentina (1976-1983)” dirigido por Daniel Lvovich.
Fuentes
Revista Gente, números 543, 555, 557, 558, 559, 588. Años 1975-1976.
Referencias bibliográficas
Balé, C. (2021). ¿Quién tiene derecho a recordar? Las disputas por la memoria durante los gobiernos kirchneristas (Argentina, 2003-2015). Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, (22), 315-338.
Balé, C. (2022). Populismo y memoria: el recuerdo de la última dictadura militar durante los gobiernos kirchneristas en Argentina (2003-2015). Rubrica Contemporanea, 11(22), 131-148.
Borrelli, M. (2015). En asedio permanente: la prensa argentina durante el gobierno de Isabel Perón (1974-1976). Punto Cero, 20(31), 75-86.
Carassai, S. (2012). Los años setenta de la gente común: la naturalización de la violencia. Siglo XXI.
Crenzel, E. (2008). La historia política del Nunca Más. Siglo XXI.
Crenzel, E. y Robertini, C. (2022). Historia y memoria de la represión contra los trabajadores en Argentina. Consentimientos, oposición y vida cotidiana (1974-1983). Peter Lang.
Jurgiel, M. L. (2016). El rol de la revista Gente en la difusión de la moralidad militar. Ponencia, Jornadas de Historia Reciente, Rosario. http://conti.derhuman.jus.gov.ar/2016/11/seminario/mesa_12/jurgiel_mesa_12.pdf
Levi, P. (1986). I sommersi e i salvati. Einaudi.
Lvovich, D. (2017). Vida cotidiana y dictadura militar en la Argentina: un balance historiográfico. Estudos Ibero-Americanos, 43(2), 264-274.
Lvovich, D. (2020a). Los que apoyaron: reflexiones y nuevas evidencias sobre el apoyo difuso a la dictadura militar en su primera etapa (1976-1978). Anuario IEHS, 35(2), 125-142.
Lvovich, D. (2020b). El mito de la moderación de Videla: extensión social y funciones de una creencia compartida. Contemporánea, 12(1), 164-173.
Lvovich, D. y Grinchpun, B. M. (2022). Banalización, relativización, negacionismo. Un escenario en los campos de batalla por la memoria del pasado argentino reciente. Contenciosa, (12), 1-17.
Moriconi, M. (2019). Los trabajadores de la fábrica Jabón Federal en los años setenta: una reconstrucción histórica y diferentes narrativas. Kamchatka. Revista de análisis cultural, (14), 437-467.
Negri, M. (2022). Entrar en la fábrica para huir del temor. Vida cotidiana de los/las trabajadores/as “comunes” de una fábrica autopartista (Gran Buenos Aires, 1974-1983). En E. Crenzel y C. Robertini (Eds.), Historia y memoria de la represión contra los trabajadores en Argentina. Consentimientos, oposición y vida cotidiana (1974-1983). Peter Lang.
Novaro, M. y Palermo, V. (2003). La dictadura militar (1976-1983). Del golpe de Estado a la restauración de la democracia. Paidós.
O’Donnell, G. (1987). Democracia en la Argentina: micro y macro. En Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre autoritarismo y democratización (pp. 133-146). Paidós.
Pontoriero, E. D. (2022). La represión militar en la Argentina (1955-1976). Entre los libros de la buena memoria. Universidad Nacional de General Sarmiento-Universidad Nacional de Misiones- Universidad Nacional de La Plata.
Quiroga, H. (1994). El tiempo del "proceso": conflictos y coincidencias entre políticos y militares, 1976-1983. Editorial Fundación Ross.
Risler, J. (2019). La acción psicológica: dictadura, inteligencia y gobierno de las emociones (1955-1981). Tinta Limón.
Robertini, C. (2022). Érase una vez la Fiat en Argentina. Una cadena de montaje entre historias y memorias. Prometeo.
Schenquer, L. (Comp.) (2023). Terror y consenso. Políticas culturales y comunicacionales de la última dictadura. EDULP.
Vitale, M. A. (2007). Memoria y acontecimiento. La prensa escrita argentina ante el golpe militar de 1976. En Los estudios del discurso: nuevos aportes desde la investigación en la Argentina (pp. 165-182). Asociación Argentina de Semiótica.
Notas
Recepción: 06 octubre 2025
Aprobación: 17 noviembre 2025
Publicación: 01 junio 2026