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Memorias sumergidas, memorias emergentes. El caso de las inundaciones en Santa Fe *

Aletheia, volumen 3, número 5, diciembre 2012. ISSN 1853-3701

Bravi en PDF/ Artículos de otras M y D

Carolina Anabel Bravi**

Universidad Nacional del Litoral

 2012

Santa Fe, Argentina

carolinabravi@gmail.com

 

 

Resumen:

En este trabajo se indaga sobre las diferentes memorias de la inundación en la ciudad de Santa Fe. Para ello se parte de reconocer la existencia de dos tipos de memorias diferentes: las tradicionales, vinculadas a la costa del río Paraná, y las más recientes de la inundación del río Salado en 2003.

Esta última fue un evento altamente significativo para la ciudad ya que afectó un tercio del área urbana, dejó un saldo de 23 muertos oficiales y más de 130.000 personas evacuadas de sus hogares. En este trabajo se plantea que los principales factores que diferencian  ambas memorias de la inundación son el espacio y los sectores sociales afectados: la ciudad por un lado, y las áreas rurales y suburbanas por el otro. Por otra parte se reconoce que las memorias son fenómenos diferenciados en el tiempo y que se desarrollan en relación al contexto histórico, lo cual ayuda a comprender la actual preocupación por la memoria en contraste con el “olvido” en que permanecen las experiencias de las inundaciones anteriores.

 

Palabras clave: memorias – inundación- Ciudad de Santa Fe

 

Presentación de la problemática.

La ciudad de Santa Fe, debido a su ubicación geográfica en la confluencia de los ríos Paraná y Salado, está marcada por el ritmo cíclico de las inundaciones. Estos dos bordes fluviales que se unen en el extremo sur fueron configurando dos sectores diferentes en el área urbana. En el este, sobre el sistema del río Paraná, se volcaron las actividades recreativas, deportivas y sectores residenciales medios y altos. El puerto local – hoy en proceso de reconversión – también integra este sector con la presencia de hoteles, casino, shopping y centro cultural. Hacia el este de la ciudad se extiende una zona de islas y bañados que une el área urbana de la ciudad con el río Paraná conformando una zona suburbana en expansión  de viviendas de fines de semana y población estable de sectores medios que paulatinamente esta desplazando a los tradicionales asentamientos de familias dedicadas a la ganadería, la horticultura o las actividades informales. (Clichevsky, 2006)

El río Salado constituye el borde oeste de la ciudad y se fue consolidando a partir de la localización de actividades productivas, de servicios, barrios de sectores medios, bajos y asentamientos irregulares o villas.  Es decir que los santafesinos mantienen con el río una doble relación, por un lado el Paraná es el lugar de recreo y esparcimiento, y por el otro el Salado es el sitio donde se ubican funciones urbanas como fábricas, basurales, hipódromo, cementerio, y dónde se asientan quienes no pueden hacerlo en terrenos urbanos altos o céntricos.

En abril de 2003 a la creciente extraordinaria del Salado se le sumó una cantidad muy importante de lluvias que, desde diciembre y en forma ininterrumpida, venía sufriendo el norte de la provincia. El 29 de este mes el agua del río ingresó a la ciudad por el lugar donde debiera haber estado el Tramo 3 de una obra de defensa, proyectada pero no concluida, o bien un cierre provisorio de la misma. El saldo de ello fueron 23 muertos oficiales, más de 130.000 personas evacuadas de sus hogares y un tercio de la ciudad bajo agua. Este hecho, totalmente inesperado para la población, irrumpió en la cotidianeidad y transformó el mundo y la vida de miles de personas en cuestión de horas.

 

Dos tipos diferentes de inundaciones.

Si bien para Santa Fe la inundación no es un fenómeno nuevo, para los afectados en 2003 si lo fue. En la segunda mitad del siglo XX el río Paraná protagonizó las principales crecientes (1966, 1977, 1983, 1991, 1998) y demandó de la atención de los medios de comunicación y de la dirigencia política. Es así que en la década del ´90, con fondos provenientes de créditos internacionales, se llevo adelante la construcción de un sistema de defensas en la zona de la costa, al este de la ciudad que evitó los anegamientos en toda el área y aceleró el proceso de urbanización del sector. Por el contrario, en este período el río Salado tuvo un ciclo seco, presentando una sola creciente importante en 1973. En esta oportunidad se inundaron  los barrios Villa del Parque y Barranquitas, y terrenos vacantes que formaban parte del valle de inundación que para 2003 ya habían sido urbanizados. Asimismo, el suroeste de la ciudad estuvo protegido desde la década del ´40 por el terraplén Irigoyen, primera obra de infraestructura para la defensa contra las crecientes.

Por lo tanto en 2003 no existía una memoria colectiva asociada a las inundaciones desde el oeste, es decir desde el Salado, había muy pocos recuerdos de la entrada del agua en esa zona, por lo tanto tampoco existían prácticas vinculadas al manejo de estas situaciones, como existen entre los pobladores de la zona del Paraná, que, tras pasar por ello una y otra vez, saben cómo y cuándo organizar la evacuación resguardando sus vidas y sus bienes.

El evento de 2003 fue diferente de las inundaciones del Paraná por su magnitud, porque la creciente vino del oeste, porque no hubo alerta previa a la población y porque se afectó el área urbana y los sectores medios - cuando anteriormente se anegaban infraestructuras y áreas suburbanas donde vivían mayormente familias de bajos recursos. A esta situación se sumó la inexistencia en 2003 de un sistema de alerta y monitoreo del río como el que hace años funciona sobre Paraná, y que permite determinar con días de anticipación la llegada del agua.

Este trabajo se propone indagar las diferentes memorias de la inundación presentes en la sociedad santafesina: de la inundación del Salado en 2003 y de las inundaciones del Paraná, en particular las más recientes y las que ocasionaron mayores daños. Para ello se plantea que uno de los principales factores que diferencian uno y otro caso es el espacio y los sectores sociales afectados: la ciudad por un lado, y las áreas rurales y suburbanas por el otro. Por otra parte también se reconoce, siguiendo la propuesta de Terdiman (1993), que las memorias, en este caso de las inundaciones, son fenómenos diferenciados en el tiempo, que pueden localizarse en series temporales, es decir que se desarrollan en relación al contexto histórico. En el mismo sentido se recuperan los desarrollos de Jelin (2002) respecto de su propuesta de historizar las memorias, reconociendo que existen cambios en el sentido del pasado y en el lugar asignado a las mismas en las diferentes sociedades y climas culturales.

Como afirma Huyssen (2002), la atención prestada a la recuperación del pasado es característica de finales del siglo XX, ya que hasta la primera mitad del siglo, la preocupación había estado centrada en el futuro. En el contexto local puede plantearse que las inundaciones del Paraná, por ejemplo las de 1966 y 1983 (que ocasionaron los mayores en daños), no forman parte de este proceso de revalorización de la historia sino que todavía pertenecen a la época marcada por la tensión hacia el progreso. El cambio entre uno y otro período estaría dado por el surgimiento de la cultura de la memoria que, siguiendo con el autor, nace como consecuencia de una serie de fenómenos como la descolonización y los nuevos movimientos sociales de la década del ´60, la restauración historicista de los centros urbanos europeos en los ´70, sumado a la caída del muro de Berlín en 1989, la reunificación alemana en 1990, entre otros. El desarrollo de los medios de comunicación y los procesos de globalización contribuyeron a la expansión del interés por la recuperación de la memoria, pero, Huyssen reconoce que estas problemáticas siguen estando ligadas a situaciones locales, nacionales o regionales. La memoria de la inundación en el presente trabajo se plantea desde esta perspectiva, tomando en cuenta que, por un lado participa de un clima de época y se vincula con fenómenos globales, y por el otro que sus prácticas son desarrolladas dentro un ámbito político que es decididamente local.

 

Dos tipos diferentes de memorias. Inundación, memoria y modernidad.

Las inundaciones de la costa del Paraná no se recuerdan en el espacio público. No existen inscripciones, ni memoriales, ni prácticas performativas que refieran a estos hechos. El espacio urbano de la ciudad de Santa Fe presenta algunas marcas dejadas por las inundaciones en su borde fluvial, como las diferentes estructuras de la costanera que muestran cuál fue el sector afectado en 1983 o los asentamientos informales en predios ferroviarios insertos en la trama urbana producto de la relocalización de las familias inundadas. Pero son unas pocas huellas marcadas por lo que Yerushalmi (1989) llama el olvido colectivo por lo tanto no logran ser trasmitidas a las nuevas generaciones.

Para quienes sufrieron la entrada del agua en sus viviendas en la costa, la situación es distinta. Estas son experiencias altamente significativas, cargadas de angustia, de incertidumbre y de dolor por las pérdidas, pero son situaciones naturalizadas (Ullberg, 2010). Hasta la década del ´90, cuando construyeron las defensas en la zona, la inundación era una parte más de las tantas vivencias que implicaba la vida en contacto con el río.

Las memorias de estos eventos circulan entre los pobladores de la zona, sin ser eficazmente comunicadas en un plano social o colectivo a la población de la ciudad. Varios factores dificultan este vínculo.  Primeramente es preciso reconocer que no se habla abiertamente de la inundación, porque la ciudad y sus saberes técnicos e ilustrados, suelen tener una mirada discriminatoria sobre ello. Ser un inundado avergüenza, da cuenta de una derrota y de una situación de atraso y de pobreza que es percibida como un estigma social. Entonces las memorias y los saberes no logran atravesar los límites del propio territorio y la trasmisión al resto de la sociedad fracasa. Si la memoria se construye en el relato, se necesita quien narre y quien escuche, en este caso no hay una escucha, por lo tanto tampoco puede haber un “nosotros compartido”, como plantea Jelin (2002: 59). Es así que las memorias de estos grupos pueden pensarse como “memorias silenciadas” que esperan el momento adecuado para salir a la luz, que esperan la constitución de un auditorio propicio para que sus padecimientos puedan ser relatados sin sentirse castigados por aquello que se dice. (Pollak, 1989)

Las memorias individuales, plantea Halbwachs (1994, en Jelin, 2002), están enmarcadas socialmente. Estos marcos son portadores de las representaciones generales de la sociedad que incluyen una visión del mundo. Por lo tanto, como explica Jelin, uno no recuerda solo sino con la ayuda de los recuerdos de los otros y con códigos culturales compartidos. Este es otro motivo que dificultó la integración de los saberes: la costa y la ciudad, en el planteo moderno, son universos simbólicos diferentes, y si bien comparten algunos códigos, hasta ahora nunca fueron suficientes para integrarlas. Esta situación en el presente está en medio de un proceso de transformaciones. Por un lado los cambios en el territorio, con la valorización paisajística del entorno y la urbanización del sector costero, dan cuenta de un acercamiento de la ciudad al río en una búsqueda de modos de vida en contacto con la naturaleza (por ejemplo los barrios privados). Pero por otra parte, este proceso, de características inmobiliarias, está alentando el abandono de la región de las familias que vivieron allí por generaciones y cuyos modos de vida se encuentran fuertemente atados al entorno físico. Más que integración, lo que parece configurarse en el presente es una expulsión. ¿Qué memorias de la inundación podrán ser contenidas hoy en estos espacios si sus protagonistas, y sus recuerdos y su cultura, están siendo desplazados?

 

Reconstrucciones.

En el ámbito urbano, esta ausencia de elementos explícitos que recuerden la inundación en el espacio público también es producto de una práctica reiterada de reconstrucción inmediata de lo destruido, como si nada hubiera sucedido. El mejor ejemplo de ello es el caso del Puente Colgante, caído en 1983 y reconstruido en 2001 imitando los detalles originales. Otro caso paradigmático fue el Parque Oroño (junto al Puente Colgante) construido en 1903, destruido por la inundación de 1905, y reconstruido en 1906. En 1966 volvió a quedar bajo agua, pero esta vez, en vez de volver a reconstruirlo, se lo sustituyó por el Viaducto y Puente Oroño, paralelo al puente Colgante.

 

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Estas reconstrucciones se enmarcaron en discursos optimistas que prometían un futuro mejor, y se justificaban en función del “progreso de la ciudad”. En este proceso de destrucción-reconstrucción sin voluntad de continuidad con el diseño anterior, se filtraron algunos elementos que dan cuenta del pasado, como el nombre “Oroño”, o la continua presencia del espacio verde. Pero en general fueron oportunidades de hacer “tabula rasa” con lo anterior, para implantar proyectos “superadores”, para dejar atrás la imagen de ciudad tradicional, atrasada y pueblerina, y para construir espacios representativos donde lo que se destaca es el progreso técnico, el dinamismo y la pujanza. Es decir que se prefirieron construir representaciones que destaquen las supuestas virtudes o adelantos de la ciudad, en vez de otras que recuerden derrotas, pérdidas y daños.

Esta situación plantea una reflexión sobre la identidad urbana en cada momento histórico, sobre qué ciudad fue Santa Fe, qué ciudad es, y qué ciudad quieren -sus dirigentes y sus habitantes- que sea. En esta tensión se inscriben los proyectos de reconstrucción: del Puente Colgante (2001) añorando un pasado ideal, y del Viaducto Oroño (1967) apostando a un futuro mejor.

Las inundaciones de 1966 y 1983, y sus procesos de destrucción-reconstrucción marcados por el olvido, pueden ser leídos en relación a la oposición que Huyssen (2002) plantea entre modernidad  y pasado afirmando que son términos antagónicos. En este sentido el discurso funcionalista que justificó la eliminación del Parque Oroño para la construcción de un puente –viaducto, y la imagen misma del proyecto, permiten caracterizarlo como una intervención del urbanismo moderno, con influencias de las propuestas de Le Corbusier en cuanto a la separación de funciones, las circulaciones elevadas, y al borramiento total de las huellas del espacio anterior. Con ello también se cubre y se olvida un suceso trágico: la inundación, y con ella la evidencia de que esta sociedad no pudo dominar a la naturaleza, y en el enfrentamiento con ella, resultó vencida.

Como afirma Horkheimer (1973), la Ilustración desmonta los mitos y exalta el saber de la ciencia, que ya no pretende llegar a la verdad sino explotar y dominar la naturaleza. Con lo cual en la modernidad el conocimiento se convierte en poder y la naturaleza queda reducida a sustrato de dominio. ¿Y cuándo esto no es posible? ¿Cuándo es la naturaleza la que vence? Entonces, siguiendo el planteo moderno, estaríamos frente a la existencia de una sociedad premoderna - o con grados diferentes de modernización- que mediante el desarrollo adecuado lograría, en un futuro, imponerse sobre ella. En este contexto, las huellas de la inundación serían las evidencias de un fracaso, de una situación de atraso y de estancamiento que nadie quiere reconocer, ni mostrar, ni recordar.

 

Prácticas cotidianas.

Ni monumento, ni placa, ni inscripción. Pero aún así existen memorias colectivas de las inundaciones de 1983 y 1966 que no se manifiestan en el espacio público. Como afirma Ullberg (2010) las inundaciones son vívidamente recordadas por los pobladores de la costa que las sufrieron y sus memorias están integradas a sus prácticas cotidianas. Los recuerdos se centran en el lugar dónde se rompió el terraplén, por qué calles avanzó el agua o hasta dónde llegó. Las prácticas varían según la zona y el sector social afectado. En general se tratan de colocar en las puertas bolsas con arena para impedir el ingreso del agua, de subir los muebles, electrodomésticos y elementos personales al primer piso (si hay) o llevarlos a otro sitio más seguro junto a la familia, las mujeres y los niños. Generalmente los hombres se quedan viviendo en sus casas, casi vacías, para cuidarlas hasta que pasa la creciente. A veces se organizan rondas de vigilancia por los terraplenes de defensa para dar la alarma si hay filtraciones o indicios de colapso. En otros casos la evacuación implica la construcción de un rancho en terreno más alto, muchas veces a la vera de la ruta, o bien en los últimos años, el traslado de las familias y sus bienes a los Centros de Evacuados.

En el caso del río Paraná, estos procesos de evacuación están previamente fijados por un sistema de alerta que determina que cuando el río alcanza una altura de 5,30 metros en el puerto local, el municipio debe poner en marcha un dispositivo previo a la evacuación. La altura del río es una información diaria presente en todos los medios de prensa de la región (diarios, noticieros de tv, informativos radiales) y se difunde junto a los datos del clima. Esto permite a los pobladores de la costa realizar un seguimiento del comportamiento del río sin necesidad de estar en contacto directo y saber cuándo comenzar a organizar el traslado de sus bienes. Contar con información y saber qué hacer frente a ella resulta fundamental para evitar la pérdida del control de la propia vida, tal como afirman los estudios sobre salud mental posteriores a la inundación de 2003. En ellos se destaca que mantener la capacidad de decidir (cómo, cuándo, dónde evacuarse) es un factor central para resguardar a los sujetos ante una situación de crisis. (Boffelli y otros, 2008)

La ausencia de manifestaciones públicas de la memoria de la inundación de 1983 y 1966 puede explicarse desde distintos puntos de vista. Como se mencionaba anteriormente, por la atención puesta en el futuro y el progreso, propia de la modernidad, que torna “irrelevante” cualquier reflexión sobre el pasado, pero también en función de los sectores físicos y sociales afectados. Si bien en estas crecientes la ciudad consolidada vio destruirse sus espacios públicos más significativos como el Puente Colgante y el Parque Oroño (la postal de la ciudad), no hubo muchas familias urbanas inundadas. Los inundados del ´66 y del ´83 pertenecían a sectores populares suburbanos, que en algunos casos eran quienes no podían acceder a terrenos altos dentro de la ciudad, y en otros eran quienes habían vivido allí por generaciones y su medio de vida estaba estrechamente vinculado al ambiente natural. Sus saberes, sus prácticas, sus tradiciones y sus memorias respecto de la inundación forman parte de su propia cultura.

Michel de Certeau  (1989) afirma que para acceder al estudio académico de la cultura popular, es necesario que ésta previamente haya sido censurada socialmente. Es decir que estas memorias subalternas primero han de ser clasificadas y catalogadas como no pertenecientes a la alta cultura (y no pertenecientes a la ciudad), para que luego sean reformuladas en versiones aceptadas donde es el intelectual quién, desde su lugar, narra lo popular. Esta operación que no se confiesa, da cuenta que la memoria, como el saber, sigue estando ligada al poder que la autoriza. (de Certeau, 1989)

El cuento de Mateo Booz “Los inundados” (1932) y el film de Fernando Birri (1961) del mismo nombre, pueden entenderse como representaciones que los intelectuales realizaron de las clases populares inundadas y de la inundación. Por lo tanto más que relatar sus memorias, exhiben el modo en que las clases medias urbanas entienden al otro (al inundado), a sus experiencias y sus modos de vida.

 

Memorias suburbanas.

Por otro lado, esta ausencia de expresiones de la memoria local, también plantea una reflexión en torno a la relación entre la ciudad y los procesos de la memoria. Las localidades de la costa, inundadas en 1983 y 1966 como Alto verde, La Guardia, Colastiné, en el imaginario social no son consideras “ciudad”.  Este territorio tuvo -y tiene- una posición periférica respecto de la ciudad central y se fue configurando como su área de expansión. En términos de Illich (1989), podría afirmarse que, hasta la expansión inmobiliaria posterior a la construcción de defensas en los ´90, no se habían constituido en asentamientos “urbanos” porque su espacio no había sido “inaugurado” es decir, reconocido ceremonialmente como distinto de ámbito rural. Por lo tanto eran lugares que no alcanzaban a percibirse como opuestos al “afuera”. Es decir que estos espacios nunca habían sido pensados en sí mismos, sino como extensiones de la ciudad de Santa Fe o como instancias intermedias entre el ambiente rural y el urbano. Esta dependencia dificultó el desarrollo de una identidad local propia que permitiera marcar simbólicamente el espacio y transformarlo en ciudad. Actualmente el acelerado desarrollo urbano está potenciando procesos de transformación que probablemente terminen configurando para el sector identidades sociales y físicas definidas y diferentes de las anteriores.

Siguiendo el planteo de Illich (1989: 30) sobre la  “inauguración” como la creación social del espacio, como el reconocimiento del mismo como distinto del ámbito rural, surgen varias preguntas: ¿Es posible que el espacio no-urbano contenga expresiones de la memoria? ¿Cómo serían éstas? ¿Es posible que un grupo social no-urbano materialice sus memorias en un espacio que no ha sido previamente “inaugurado”, en un espacio que no ha sido marcado socialmente, que sigue siendo un “afuera”?

Estas cuestiones ponen en evidencia que hay memorias diferentes para un mismo hecho: una en la ciudad, donde encuentra canales de expresión en el espacio público, y otra en las afueras que se mantiene en forma de relatos y prácticas cotidianas que se comparten hacia dentro del mismo grupo social.

 

Inundación, memoria y posmodernidad.

2003 demostró que vivir en la ciudad no garantiza estar a salvo del agua. El paradigma moderno de la prevención de inundaciones basado en la obra de ingeniería (el terraplén de defensa), que alimentaba la idea de invulnerabilidad de la ciudad, estaba agotado. Uno de los factores determinantes de la catástrofe de 2003 fue la obra de defensa inconclusa. Los peritos de la causa judicial afirman que, de haber estado terminada, tampoco hubiera impedido el ingreso del agua, pero hubiera dado más tiempo para la evacuación y su impacto hubiera sido menor. Con la obra o sin ella el río no hubiera podido ser detenido.

Esta vez el agua ingresó a la ciudad, a los barrios y a las calles, llegando incluso a pocas cuadras de la Casa de Gobierno. El nuevo Hospital de Niños quedó bajo agua, el estadio de fútbol del Club Colón, también. Fueron afectadas 130.000 personas, aproximadamente un tercio de la ciudad, que nunca antes habían vivido la experiencia de inundarse.

 

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La cantidad de personas damnificadas, la característica urbana del fenómeno, y el contexto histórico diferente, hicieron posible que el imaginario social anterior (del inundado como el habitante de la costa) no sirviera para dar cuenta de este hecho. Por otra parte el contexto histórico y social en el que se produjo fue muy particular. El país apenas estaba saliendo de la crisis de 2001. Según el informe de la CEPAL (2003) el 20 % de los jefes de hogares inundados estaban desocupados y un 65,2 % de los ocupados estaban insertos en la economía no registrada, por lo tanto la situación laboral de estas familias era más precaria que la media de la ciudad. Además de ello, la ciudad de Santa Fe fue una de las primeras áreas en presentar altos grados de desocupación a partir del cierre de empresas metalmecánicas a fines de los `70 generando un desempleo estructural que se intensificó en los noventa. Es decir que el fenómeno hídrico impactó en una sociedad que había perdido “las bases de sustentación económica en las cuales, durante décadas, la población había encontrado el modo de satisfacer sus necesidades y participar como sujetos activos en la construcción de un futuro común.” (Arrillaga, 2005: 243) En el caso de los sectores medios y bajos, el fenómeno de la inundación vino a agravar los procesos movilidad descendente, nueva pobreza y pauperización. No solo desde el punto de vista material con las enormes pérdidas, sino también desde lo simbólico al empujarlos hacia abajo, junto a los pobres estructurales que en el imaginario colectivo son quienes se inundan.

En este contexto de continuo empobrecimiento y descenso social producto de la crisis de 2001, la inundación fue el golpe final sobre un cuerpo social devastado desde lo económico pero no tanto desde lo social. Las muestras de solidaridad recibidas de todo el país, los lazos afectivos generados entre voluntarios y damnificados, y la frase, repetida por todos los medios de comunicación “la gente salvó a la gente”, dieron cuenta de una sociedad movilizada, activa y solidaria.

 

Las manifestaciones de la memoria de la inundación de 2003.

El primer evento para recordar la inundación nació junto a la necesidad de reclamar al Estado ayuda para reconstruir los hogares, y a la Justicia la determinación de responsabilidades por la catástrofe. Al cumplirse tres meses del ingreso del agua, se llevó adelante en la Plaza de Mayo la primera concentración de inundados donde se expusieron poemas, carteles, fotos.

A los pocos meses, y mientras avanzaban las investigaciones sobre las causas de las tragedia, se levantó en la misma plaza una Carpa Negra -tomando la idea de la Carpa Blanca docente instalada frente al Congreso Nacional en la década del ´90- donde los vecinos dejaban sus objetos cotidianos deteriorados por el agua, dando origen así a un museo improvisado. Uno de los principales objetivos de este grupo, era conseguir del Estado una reparación económica por las pérdidas.

El otro grupo, la Marcha de las Antorchas, eran manifestantes que, con velas encendidas, circulaban por la plaza los martes, día del ingreso del agua a la ciudad, retomando la idea de la ronda de las Madres de Plaza de Mayo. A mediados de 2004, decidieron colocar allí mismo 23 cruces blancas representando a cada una de las personas fallecidas en la inundación. Su lucha se centró en el juicio y castigo a los responsables.

Durante los aniversarios se realizaron actos conjuntos que combinaban actividades políticas como discursos y las marchas, y otras recreativas como la lectura de poemas, recitales de música y proyecciones de videos. Para estas oportunidades los organismos de personas afectadas por la inundación trabajaron sumando apoyo de sindicatos o grupos como Madres de Plaza de Mayo y la Casa de Derechos Humanos.

Por lo tanto la expresión de las memorias de 2003 en el espacio público se plasmó de diversas formas: con una voluntad de consolidar una presencia institucional, como la instalación de cruces o la Carpa Negra; o con una tendencia a la ironía, la burla, la crítica plasmada en los afiches y los juicios populares. En todos los casos la intención era denunciar y establecer la legitimidad del reclamo. Respecto de la relación con el espacio se emplearon tanto “prácticas performativas” -la ronda de antorchas o los actos de aniversarios- en las que se convoca a la participación activa de los ciudadanos, como a las “memorias sedentarias”, es decir más estables, permanentes cristalizadas en artefactos sólidos, como la instalación de las cruces (Schindler, 2010).  A pesar de esta diversidad de manifestaciones, es notable como casi todas ellas se centralizan en un único lugar: la Plaza de Mayo.

La Plaza de Mayo, lugar simbólico que testimonia del modelo español de urbanización, es un espacio de la ciudad donde generalmente se desarrollan dos actividades bien diferentes: las recreativas y las políticas (actos en fechas patrias, festejos, concentraciones, movilizaciones, las protestas de 2001), que son retomadas en las propuestas de los movimientos de personas afectadas por la inundación. Pero la plaza fue elegida como el sitio donde manifestarse no sólo por su historia como lugar de concentraciones y actos políticos, sino también porque está frente los dos poderes del Estado a los cuales se les demanda hacerse cargo de las responsabilidades: la Casa de Gobierno y Tribunales. Se reclama al poder ejecutivo no haber terminado la obra de defensa (que se inauguró pero no se concluyó) y no haber decretado la evacuación de la zona. Al poder judicial se le pide que juzgue a los responsables de estos hechos. Por lo tanto la elección de este espacio tiende a remarcar la responsabilidad del gobierno provincial y de la Justicia. En este caso, se trata de agregar una capa más de sentido a un lugar que ya esta cargado de historia, memoria y significados (Jelin y Langland, 2003). La plaza se constituye entonces en un lugar de memoria y de denuncia.

 

La memoria y el poder.

El interés por mantener viva la memoria de la inundación nació conjuntamente con el reclamo de resarcimiento económico por lo tanto el cobro efectivo de los montos asignados por el Estado fue un factor que influyó en la disminución de las manifestaciones públicas de la memoria. Otro factor que colaboró a este olvido paulatino ha sido estudiado por Pascual (2003) y lo denomina la “demonización de los inundados” llevada adelante por la prensa local, para proteger a los grandes intereses económicos y al poder provincial. El autor explica cómo varios de los periódicos de la región, siguiendo lo planteado por el ex gobernador, presentaron el fenómeno como catástrofe natural inevitable, y a los inundados como a los “otros” vinculados a las figuras de piqueteros y villeros. En el mismo sentido, Pais (2007), también destaca cómo desde las conferencias del prensa y las comunicaciones del gobierno provincial, se victimizó la figura del gobernador Reutemann para resguardarla, a costa de hacer recaer las culpas sobre los funcionarios de menor jerarquía. Estos factores pudieron haber colaborado a que las protestas fueran perdiendo la participación de la comunidad no afectada.

De esta manera, a la memoria de los grupos de inundados, se le sumó otro relato: el de los funcionarios y la prensa adicta. La memoria de la inundación que ellos reconstruyen es la de una catástrofe inesperada producto del accionar imprevisible de la naturaleza. Jelin afirma que los actores sociales que se ubican en escenarios de confrontación tratan de imponer interpretaciones del pasado, respecto de las cuales el Estado tiene un papel central para establecer cuál es la memoria oficial (Jelin, 2002). En el caso de las inundaciones el relato presentado por el gobierno nunca tuvo apoyos públicos de ninguna organización de la sociedad civil ni de personas individuales, y tras el recambio político, las voces de esta memoria oficial de la inundación, desaparecieron del debate. Después de la tragedia, y luego de la reconstrucción, la instauración de este relato oficial paso a depender de la Justicia.

 

Conclusiones: Global – local.

La inundación de 2003 dio cuenta del fracaso de la teoría de la modernización y de la caída del paradigma técnico científico que confiaba en la obra pública –el terraplén de defensa- como único elemento de prevención de las inundaciones. Conjuntamente a ello, las visiones modernas que centraban su atención en el futuro dieron paso una serie de transformaciones producto de un desplazamiento en la experiencia y en la percepción del tiempo. Surgieron así los discursos sobre la recuperación del pasado reciente que se han extendido en diversas regiones del mundo (países poscomunistas, Sudáfrica, América Latina) globalizando la difusión de la preocupación por la memoria (Huyssen, 2002). Pero estos discursos globales, reconoce el autor, siguen estando ligados a problemáticas locales, por ello propone que globalización y revisión del pasado nacional sean pensados de manera conjunta, lo que lleva a preguntarse si “la cultura contemporánea de la memoria puede ser leída como formación reactiva a la globalización económica” (Huyssen, 2002: 22)

En este sentido la inundación de 2003 se plantea como un llamado de atención sobre las características regionales y locales del territorio (de su geografía, su clima, su cultura) y de ciertas prácticas políticas. Estas memorias, siguiendo a Huyssen, surgen entonces como un fenómeno que “refuta el triunfalismo de la teoría de la modernización,… y en términos culturales expresa la creciente necesidad de un anclaje espacial y temporal en un mundo de información caracterizado por flujos de información cada vez más caudalosos”. (Huyssen, 2002: 37)

 

Memorias en plural.

Para pensar la ausencia de expresiones de la memoria de las inundaciones anteriores a 2003 el planteo de Lyotard (en Huyssen, 2002: 150) respecto de la amnesia como “una manifestación de la incapacidad para aceptar las diferencias y la otredad, como enfermedad fatal de la condición moderna”, es un argumento valioso. Asimismo coloca el foco de atención en el tema de la identidad: quién recuerda en 1966 o en 1983 y quién lo hace en 2003. Esto explica la existencia de dos tipos diferentes de víctimas y de memorias: una memoria de inundaciones, “subterránea” que pertenece a grupos minoritarios y dominados (Pollak, 1989) vinculada a la pobreza, a la periferia y al ámbito rural, y otra que se ubica en un lugar intermedio entre lo hegemónico y lo subalterno, vinculada a las clases medias, los barrios y la vida urbana.

Los movimientos de personas afectadas por la inundación en 2003 se conformaron con grupos sociales diferentes, como lo expresó la división entre Marcha de las Antorchas y Carpa Negra: quienes estaban acostumbrados a ser asistidos por el Estado (y sabían cómo manejarse para ello) y quienes no. Si bien todos compartieron la tragedia, las prácticas sociales habituales de unos y otros no eran las mismas, lo que diversificó las formas de protesta y de reclamo. Por lo tanto también es posible pensar en que haya diferentes memorias aún dentro del mismo fenómeno de 2003.

En el caso de la “Marcha de las Antorchas” estudiado por Guala (2007) se articulan una serie de  posiciones complejas que enfatizan por un lado la independencia de cualquier institución y por el otro el reclamo de juicio y castigo a los responsables. El conjunto de sus acciones (como la insistencia al diálogo público y colectivo con los funcionarios, los escraches frente a las viviendas de los políticos responsables, la apropiación de la Plaza de Mayo, las rondas de silencio dentro del hall de Tribunales, etc.) son una demanda de la justicia, a la vez que descreen de ella. Por eso al mismo tiempo que reclaman, intentan instalar en la opinión pública la idea de culpabilidad de los funcionarios, especialmente del ex gobernador Reutemann que nunca fue llamado a declarar por la Justicia. Este planteo de funcionarios victimarios – inundados victimas, como desarrolla Guala, por un lado quiebra la representatividad sobre la que se asienta el sistema democrático, pero por el otro lo refuerza al plantear el debate en torno a la emergencia de nuevos derechos, que respecto de los temas urbanos como los que fueron condensados en la “Carta Mundial por el Derecho a la Ciudad”. En ella se presenta un nuevo enfoque para pensar la problemática urbana, asignando al estado el rol de garante de los mismos y pasando de la mirada individual a un nuevo abordaje colectivo y participativo.

 

Final.

Esta catástrofe de 2003, ¿ayudará a crear otros modelos de relación con el entorno que privilegien la convivencia por sobre el dominio, y el rescate de la memoria y las tradiciones locales por sobre la imposición del saber técnico? El presente trabajo pretende reflexionar sobre las memorias de la inundación de manera de valorizarlas y rescatarlas como una fuente más de conocimiento para evitar, no la inundación pero si la catástrofe, es decir los daños, las pérdidas, el trauma y las muertes.

Hoy se reconoce que no es posible proponer obras de ingeniería como la solución definitiva y única al problema, y que es necesario plantear modos alternativos de convivencia con la naturaleza para poder evitar las pérdidas físicas y materiales y los problemas psicológicos derivados. Las memorias de las inundaciones del Paraná y del Salado, son fuentes de conocimiento histórico que establecen que pasó antes y que puede volver a ocurrir, de saberes prácticos que, junto a los desarrollos técnicos, pueden proponer estrategias de acción directa para evitar los daños. Por otra parte también se constituyen en experiencias demarcatorias de una identidad territorial que hoy esta en plena transformación.

El desafío entonces es pensar la inundación como una problemática urbana y suburbana que atraviesa todos los sectores sociales, para lo cual es necesario un cambio profundo capaz de desarticular prejuicios y de desvanecer los miedos. ¿Podrá las memorias de 2003, y su afectación a los sectores medios sensibilizarlos y ayudar a este cambio? ¿O, como las anteriores, pasarán ellas mismas a formar parte de una nueva generación de memorias subterráneas?

 

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*(El presente trabajo fue elaborado a partir del Seminario “Espacio y memoria en América Latina” dictado por la Dra. Estela Schindler en el Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Entre Ríos en noviembre de 2009)

 

**Arquitecta y licenciada en artes visuales, docente investigadora de la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo de la Universidad Nacional del Litoral. Integrante del proyecto de investigación Cai+d “Imágenes de lo real. La memoria y las representaciones de los procesos sociales en el cine documental argentino” de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral. Becaria de doctorado del Programa de Desarrollo de Recursos Humanos en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Litoral. Doctoranda del doctorado en Ciencias Sociales Universidad Nacional de Entre Ríos.

 

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